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Miedo, sociedad y práctica marcial

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Reflexionando sobre la realidad actual de las artes marciales, y a colación de un comentario que me hizo un buen amigo la semana pasada, me planteo preocupado las motivaciones que están movilizando hoy en día al practicante habitual de artes marciales de cualquier estilo.

Un simple vistazo a las explicaciones que nos dan algunos futuros alumnos al aproximarse a la escuela interesados por el Kung Fu o por los sistemas de autodefensa, nos revelan algunos aspectos que se están manifestando de forma creciente año tras año.

Alejándonos del alarmismo al que se prestan este tipo de reflexiones y, sobre todo, aplicando el positivismo que cualquier entidad problemática debería exigir en su debate, la eterna tendencia a simplificar e identificar la causa única que nos lleva a una situación determinada nos apunta a un responsable de mil caras: el miedo.

¿Por qué tenemos tanto miedo? No enumeraré la lista de evidencias que nos sitúan en el plano del miedo solapado. No un terror como el de una guerra o el pánico previo a un desastre natural desproporcionado; hablo de un miedo infiltrado, casi imperceptible. Un miedo fijado en pequeños mensajes que hacen, poco a poco, mella en nuestra visión global de la vida y van configurando las contramedidas que deberíamos establecer para hacer frente a esos sutiles riesgos.

Las artes marciales siempre han sido identificadas como un mecanismo de fuerza, de poder ante la desigualdad, de recursos para vencer los límites que, enmarcados en injustos valores, amenazan la individualidad y libertad del individuo.

El problema no es esencialmente tan directo. Este miedo al que me refiero es consustancial a nuestra dificultad para el autoanálisis. Está ligado a una cultura de la seguridad y a un auge inmediato y creciente de los aspectos que individualizan la entidad humana convirtiéndonos lentamente en procesos temerosos de perder, pero ¿perder qué?

La idea de pérdida es el reverso de la moneda de la posesión. Sólo podemos perder lo que poseemos, aunque eso que supuestamente poseemos, no sea más que una ilusión temporal.

El enfoque de prepararse para afrontar los terribles posibles acontecimientos de la vida, es una de las causas directas que llevan al practicante no iniciado a presentarse ante una escuela de artes marciales, en la intuición profunda de que debe hacer algo para subsanar esta situación de temor.

Quizá el miedo actúa en este caso empujando al individuo a una posible solución, aunque la interpretación psicológica de las causas y objetivos del entrenamiento, así como las referencias que le informan sobre el contenido real de la práctica marcial estén completamente falseadas.

Llegamos a la práctica desde el miedo, desde muchas variantes en intensidad y tipos específicos de miedo. Y, llegados desde el miedo desconocido, no localizado realmente, planteamos un orden de expectativas y acontecimientos derivados que deberían desembocar en unos objetivos a corto, medio e iluso plazo. La realidad de la práctica nos pone rápidamente en antecedentes de nuestra profunda equivocación.

Pensamos que, al iniciar el entrenamiento, con unas técnicas secretas bien aprendidas, podremos enfrentarnos a ese individuo que nos asusta en el trabajo, a ese competidor que pretende llevarse a nuestra novia, a esos maleantes que ya han asaltado tantas casas de nuestra urbanización. También pensamos que podremos sorprender y deslumbrar al público de nuestra película personal cuando seamos capaces de reducir, de un solo golpe, a todos aquellos que se enfrenten a nosotros o que comentan una injusticia que nos enmarque definitivamente como los dignos sucesores de personajes de película. No podemos dejar de mencionar la ilusión de sentirnos realmente guerreros capaces de enfrentarnos a los más difíciles contrincantes para alcanzar la gloria que nos pertenece realmente por derecho de nacimiento.

Todas estas referencias cinematográficas que inundan nuestro pensamiento desde que vamos por primera vez al cine o desde que encendemos la televisión para dejarle hacer su trabajo de inducción constante y perseverante, son realmente las referencias que nos aconsejan el acceso a este nuevo contexto marcial plagado de futuras glorias.

Detrás de todo esto también se esconde una necesidad de reconocimiento social, reminiscencias infantiles de la necesidad de llamar la atención para aportar a nuestro ego definido valores añadidos, valores que nos coloquen por encima de los demás seres en el escalafón social que pretendemos.

Realmente estamos hablando de miedo. Tememos ser irrelevantes en el mundo. No aceptamos la insignificancia del ser humano con respecto a la creación y pensamos que aquello que nos haga resaltar, realmente nos proporciona el crecimiento que intuimos necesario.

Sin embargo, cuando comenzamos a practicar un arte marcial, en un contexto profundo, la primera propuesta es sentarse en silencio y escuchar interiormente los movimientos reales que nos afectan. ¿Cómo? ¿Qué hago yo sentado en silencio en vez de estar lanzando a gente por los aires o musculando mi cuerpo hasta el límite de la curva mientras el sudor nubla mi mirada?

No, la invitación principal es a entrar, entrar en la escuela y, por supuesto, entrar al interior real de nosotros para comprender qué motiva realmente nuestra necesidad de seguridad. En qué fragmento de nosotros debemos ubicar nuestras expectativas y objetivos con nuestro espíritu como único testigo de los cambios que se van a producir.

Renunciamos a la expresión externa. Volvemos la mirada hacia el interior para comprender nuestros límites reales de acción. Entendemos que la esencia del problema es identificarnos, a través de nuestro falso yo, con el mismo problema del que pretendemos escapar. Queremos sentirnos seguros, queremos ser felices y aceptados, queremos una vida tranquila pero excitante y plena a la vez.

Estas demandas son normales y lógicas. El hombre es una partícula divina deteriorada por su propio miedo a autodescubrir su inherente divinidad. Somos parte de una creación maravillosa que se plantea a si misma ser o no ser. El universo entero se materializa en forma de consciencia en nuestro sistema nervioso, fluye en nuestra sangre, se endurece en nuestros huesos y ama en nuestra sonrisa.

No hay batallas que ganar ni torneos en los que demostrarle nada a nadie. Hay una gran guerra interior por entender y aceptar algo que cada vez se convierte en más complejo y espeso. El contexto social que tantos egos han acabado definiendo resulta un espacio de difícil habitabilidad. Las normas, las leyes, el enfoque en general se puede mejorar sólo si cada uno de nosotros es capaz de descubrir su real sentido.

Cuando entrenamos, el proceso del entrenamiento es un camino en el que nos encontramos con todo esto. Accedemos a conocer nuestros límites físicos y caemos de la irrealidad de nuestra posibilidad de vencer a decenas de asaltantes o de levitar en profunda meditación. Con los pies bien posicionados en el suelo, la práctica marcial nos enseña a enraizar con la tierra, nos muestra la maravillosa esencia creativa del ser humano y la posibilidad de realizar la vida con delicada belleza y profundo respeto por lo existente. El compañerismo, los valores y el código moral que existen dentro de una sala de artes marciales contrastan mucho con los intereses económicos de las organizaciones que deciden qué se puede y qué no se puede hacer.

En el entrenamiento, el individuo es libre de decidir hasta qué profundidad de si mismo quiere acceder. Se enfrenta a la solitaria realidad compartida desprovista de más lazos que nuestras propias decisiones. Somos lo que decidimos ser y con las artes marciales aprendemos a manifestarnos y a disponer de los mecanismos que actualizan, regulan y potencian nuestra energía para hacerlo.

La asociación realmente es un recurso más de las personas para mejorar sus condiciones de vida, pero no a costa de la individualidad y singularidad profunda de cada manifestación humana. El individuo es personal, único, exclusivo. Cada vida es un milagro y la inversión de tiempo que hacemos en aprender, desarrollar, interiorizar y ejecutar correctamente técnicas marciales es una forma de disponer de un mecanismo interior que nos arrebata el miedo de cualquier tipo porque la mayor parte de nuestras inseguridades vienen de nuestra creencia de no poder superar las trabas que nos pone la vida por delante.

La valentía que nos plantean las filosofías impregnadas en cada estilo marcial es la de la definición y decisión de nuestra realidad individual y la aceptación, tanto de esta realidad como del lugar que ocupa en el contexto en el que se expresa. Es abrir la puerta al trabajo interior pendiente por muy duro que parezca. Es tener claro dónde está nuestro espacio real y hasta donde podemos permitir que la sociedad y todas las personas que la constituyen dirijan nuestra existencia.



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