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Alumnos, clientes y pacientes.

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Esta mañana pude leer un post de un compañero de profesión, practicante y profesor de artes marciales chinas, complejo pero extremadamente realista, que me ha llevado a escribir este breve artículo de opinión. En su post se señalaba que algunos alumnos que se comprometieron en la ceremonia de discipulado habían quebrantado su palabra dejando la práctica y abandonando la escuela.

La situación en la que se encuentran los estilos tradicionales de Kung Fu resulta muy compleja. Por una parte, habitamos una sociedad que no tiene unos objetivos comunes definidos. Aquí todo el mundo busca o una supervivencia vital que le permita disponer de tiempo libre para desarrollar sus aficiones o, en otro orden, busca un ascenso en la jerarquía social, habitualmente vinculada a un incremento del nivel de ingresos económicos, para ser alguien en la vida.

La pérdida de valores humanos es un hecho incuestionable. Basta darse un paseo en coche para corroborar mi afirmación. La violencia imperante en lo más profundo del ser humano también es una realidad que aún no ha sido trascendida. No hay cosa que me asuste más que aquellos que se atreven a decir a boca llena que son absolutamente pacíficos o que, en cualquier caso, están dispuestos a poner la otra mejilla. Vuelvo a la prueba del coche y un simple paseo para darse cuenta que este tipo de seres humanos irreales solo viven en el ideal, en la fantasía o en las esperanzas de evolución que todo ser humano debería tener.

Para los que hemos decidido dedicarnos a enseñar estas tradiciones, la situación es harto compleja. Por una parte sufrimos la competencia de significado, indirecta, de los modernos métodos de combate deportivo, que poco o nada tienen que ver con lo que significa «Arte Marcial». Por otra, la confusión social general, la falta de valores humanos, la falta de objetivos hacia la humanidad en vez de hacia el propio individualismo destructivo al que nos empuja un sistema basado en la competencia por encima de la colaboración, hacen que los valores profundos  de la práctica marcial, no solo resulten aparentemente anacrónicos, sino que entran en frontal oposición como lo que nos proponen desde nuestras casas, nuestras escuelas, nuestras instituciones, nuestras naciones y nuestras culturas.

Vamos dando bandazos entre la necesidad de ser alguien en una sociedad que sólo premia a aquellos que son campeones en unas cuantas modalidades sociales, descartando al resto que queda para poblar las colas del desempleo, o sobreviven de un trabajo alienante ensimismados y distraídos entre partidos de futbol y escenas rocambolescas de discusiones televisivas.

Realmente el panorama es desolador. La valoración se complica aún más cuando analizamos el caso de cualquier adulto que quiere acceder a la formación en artes marciales. Los motivos de esta decisión no se encuentran habitualmente en un fondo reflexivo ligado a una tradición cultural o a una herencia familiar específica. En el caso de los occidentales, el peso del cine, de la cultura de la competencia, de la agresividad generalizada como forma de resolver conflictos locales, regionales, nacionales o internacionales, tienen mucho que decir.

Es duro afirmar esto que estoy a punto de hacer, pero la mayor parte de los adultos que se deciden a iniciar la práctica de las artes marciales no saben realmente dónde se meten. La tradición propone un método, una vía, un camino singular para encontrarse a uno mismo y a toda la batería de incongruencias vitales que la sociedad ha encajado en su propia materia espiritual.

Cuando alguien viene a hacer artes marciales no sabe bien a dónde va. En su mayoría cree que va a estudiar un método de defensa personal, lo cual en parte es cierto. Otras veces cree que va un centro espiritual con olor a incienso y ropa exótica como una forma de realzar su propio personaje o, entre muchas otras variantes, cree que puede materializar físicamente un videojuego, un documental o un cómic de súper héroes.

En estas motivaciones iniciales, no viene de fábrica la idea de una sinceridad real, un respeto real, un afán profundo por mejorarse como persona a todos los niveles  comprendiendo sus limitaciones, su estructura de pensamiento, su estructura emocional y el plano espiritual real en el que ha sido capaz de proyectar su evolución como punta de lanza de algo que llamamos humanidad.

Personalmente creo que la mejor fórmula para poner al individuo frente a un espejo certero que le muestre dónde están las imperfecciones acumuladas y qué conlleva en el discurrir de su camino vital, de su decisión frente al destino son, sin duda alguna, las artes marciales.

El gran problema es que, a esas alturas de camino (edades), o existe algún apoyo educacional previo, o de cualquier otro tipo, que haya sembrado la semilla de esta búsqueda, o acabaremos despidiéndonos, una vez más, de un alumno enojado que finalmente ha llegado a la conclusión de que esto es muy duro, tarda mucho en producir efecto o, en el peor de los casos, definitivamente no permite que el cuerpo se eleve del suelo más allá de un simple salto.

Esto convierte a este tipo de aspirantes a practicantes, en su fase inicial, en simples clientes o, peor aún, en pacientes si nos referimos artes marciales internas. Personas que traen realmente en sus cabezas algo que pretenden comprar, pero que no terminan de encontrar. Ven a sus maestros como los tenderos que les están enseñando lo que hay en las estanterías, pero no acaba de convencerles lo que les está diciendo sobre su necesidad de transformación.

Esta palabra debería figurar en la primera línea publicitaria de cada escuela. Algo como: «aquí te ayudamos a transformar tu desastre vital» incluyendo en la letra pequeña: «ojo, tendrá usted que poner de su parte y confiar en un método que nos llega de una época en la que no había internet».

Y la culpa de esto en realidad no es de nadie. No es del cliente que viene buscando algo que no vendemos, no es del sistema que no sabe realmente hacia dónde va, no es de la cultura. El problema es de falta de conocimiento y de aceptación.

En primer lugar debemos conocer cuál era el contexto histórico óptimo en el que estos sistemas se desarrollaron, también tenemos que comprender la falta de conocimiento general de esta realidad por la gran confusión que han ejercido sobre su mensaje las películas, la publicidad, los videojuegos o cualquier otro método de distracción de la realidad.

Es importante no equivocarse con esto para no desilusionarse. Tampoco debemos culpar a nuestros alumnos si en un periodo corto de tiempo no captan la realidad de lo que supone la práctica marcial. Es posible que cuando muerdan finalmente la fruta se den cuenta de que no era el sabor que buscaban. Ese es el momento de decirles ¡¡hasta luego!!.

El alumno debe fluir y debe permanecer por libre albedrío en la práctica. Debe someterse voluntariamente a las características del método y a la dirección de un maestro que tiene más tiempo de permanencia y de experiencia que él. La actitud de evaluación y crítica nunca debe partir desde alguien que desconoce en profundidad la labor de su maestro o de su profesor. Por desgracia, cualquiera que lee tres artículos en Internet se permite el lujo de plantear cuestiones de índole superior a su maestro cuando apenas él mismo ha comprendido su motivo para la práctica. Esta falta de humildad, o mala educación, es muy habitual por la facilidad de acceso a la teoría de los estilos y por la falsa sensación de conocimiento que esta posibilidad de acceso informativo genera en los menos capaces. Esta falta de compromiso real con la actividad, de comprender realmente a dónde ha accedido hace que el resultado final sea un desaguisado de difícil arreglo.

Esta realidad da al traste con cualquier posibilidad directa de influir positivamente desde nuestras disciplinas en una sociedad cada vez más compleja en lo que a comunicación real se refiere. Esta irónica situación en la que podemos establecer redes de amistad inmediata con cualquier lugar del mundo, pero que impide una comunicación sincera entre dos personas, nos da al traste con cualquier intento de hacer valer unos valores que se muestran ineficaces o como una debilidad frente a la corriente imperante de intereses.

Esta realidad nos exige mucho a los que nos dedicamos a esto. Nos exige comprender el concepto, aceptarlo, no oponernos y ser capaces de fluir con él sin que nuestro centro se modifique, es decir, nos exige también transformación.

Los alumnos vendrán y se irán. Serán unos alumnos y otros clientes, los pacientes siempre es mejor derivarlos a un médico que para eso están. Unos se irán contentos y otros enfadados. Otros permanecerán enfadados y algunos contentos. Todo este maremágnum no  va a cambiar a nivel global de inmediato por más que nos esforcemos. Pero está claro que el propio espíritu de las artes marciales nos enseña a no doblegarnos ante los retos que la vida nos plantea. Somos luchadores de la vida en tanto nos jugamos el sentido de lo que hacemos, aquí no podemos fallar.

Esta transformación pasa por intentar comprender un lenguaje que está alejado de la realidad y proporcionar experiencias prácticas directas que, desde el corazón, consigan comunicar al alumno (este sí) la realidad a la que se enfrenta. Es preciso que comprenda que las prisas del mundo actual solo aceleran una escasa percepción de la vida. Nos empujan a un ritmo desenfrenado lleno de ganadores y perdedores. Esto alimenta todos nuestros miedos y nuestras emociones más nocivas. Debemos ser el ejemplo vivo del equilibrio y en eso debemos volcar nuestra vida entera.

Quizá de toda esta reflexión no nos quede más que aceptar que el cambio, el único cambio real al que debemos aspirar es a aquel que propiciamos en nosotros mismos a través de nuestra capacidad de ser auténticos, sinceros, incorruptibles, leales, afectivos, humanos y, sobre otras muchas cosas más, reales en la medida que nos corresponde. A partir de aquí, la inteligencia, el conocimiento, la colaboración entre almas afines y el estudio profundo de todo lo que los grandes maestros de la historia nos han comunicado, nos ayudará a afrontar estos duros tiempos para la tradición.


Artes Maritales

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«Hijo es un ser que Dios nos prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos». Esta fracción de una cita del siempre impactante D. José Saramago, premio Nobel de literatura, nos acerca a la idea sobre la que queremos trabajar en el presente artículo.

El ámbito de las relaciones personales se encuentra un tanto desbocado, pese a que estamos en la época de las «redes sociales». Ahora más que nunca la distancia física ha dejado de ser un obstáculo para la comunicación entre los seres humanos. Todo nuestro universo personal, tal y como decía Ortega y Gasset, se configura entre nosotros  y las circunstancias de nuestra vida, que provienen del conjunto de elementos humanos que intervienen en ella desde fuera.

Las personas que nos rodean son el elemento alfa de esas circunstancias. La forma en la que nos perciben y la forma en las que las percibimos  son determinantes al adoptar un modelo conductual de relación u otro. Esta forma de vernos, de sentirnos, de comunicarnos, debería ser el eje real sobre el que iniciar algunas de nuestras reflexiones más profundas, sobre todo las vinculadas a la naturaleza significativa de nuestra existencia.

Vivimos desde el ego y eso crea un perfil interactivo fácilmente reconocible y evidentemente desnaturalizado. Baste profundizar un poco en estas cuestiones para darnos cuenta de que nuestra influencia recíproca parece tener una finalidad que apunta directamente a nuestra propia espiritualidad. Vivimos rodeados de personas, nos relacionamos con unas, despachamos a otras, con algunas nos casamos para luego divorciarnos y volvemos a encontrarnos con otras que quizá nos acompañen hasta el final de nuestros días.

Nuestras parejas, nuestros hijos, nuestros familiares, nuestros amigos, los compañeros del trabajo y los colegas de profesión, todos ellos y otro largo etcétera, se comunican con nosotros de muchas formas, formas no siempre exclusivamente modeladas por el ámbito contextual en el que ocurren. Los corazones humanos tienen un lazo común que permite que estas comunicaciones tengan un sentido superficial a la vez que un sentido profundo que no debería ser obviado.

Cuando hablamos de nuestra seguridad en las relaciones de amor y amistad, palabras que en determinados contextos deberían representar una sinonimia indiscutible, nos mostramos dubitativos y fijamos la incertidumbre propia de aquello cuya garantía no nos compete realmente. Damos por hecho que el mantenimiento, o no, de una relación depende más de factores externos que de nosotros mismos. Sin embargo, solo nosotros decidimos cómo ejercer esas características relacionales con un significado real, uno que les proporcione la solidez oportuna, una solidez que puede hacer emerger la verdadera naturaleza comunicativa de dicha relación.

En un orden de importancia, podríamos coger como ejemplo la relación más directa de nuestro entorno cercano, las relaciones de pareja.

¿Qué representa actualmente una convivencia en pareja? Si analizamos el porcentaje de divorcios actualmente en España podemos comprobar que las cifras son catastróficas para la idea de convivencia marital (artículo de referencia de datos) Parece que una maldición se cierne sobre el antiguo modelo familiar asentado en torno a un proyecto común de dos personas por crear un entorno de familia. Al margen de la idea religiosa o tradicional del matrimonio parece que ningún tipo de relación tiene una durabilidad garantizada. ¿Por qué ocurre esto?, ¿estamos ante una forma biológica de obsolescencia programada?

Algunos estudios señalan a los procesos de desconexión hormonal entre las parejas, una especie de decadencia biológica progresiva que debe superarse con un desarrollo afectivo supra hormonal. Estaríamos hablando de un metaenamoramiento vinculado a aspectos más sutiles y no puramente biológicos.

Según Helen Elizabeth Fisher, una profesora de Antropología e investigadora del comportamiento humano en la Universidad Rutgers, los periodos de enamoramiento no tiene un soporte biológico temporal superior a 4 años, lo cual podría justificar que ese sea el plazo medio más habitual de duración de las parejas antes de separarse. Este vínculo parece sujeto inevitablemente  a una química perecedera.

Sin embargo, el vínculo espiritual entre los humanos no tiene caducidad biológica. No faltan muestras en el pasado que corroboran esta afirmación, señalándonos que algo está fallando en nuestro enfoque actual de la convivencia.

Quizá si volvemos la vista a lo que la tradición espiritual nos insinúa veremos que, tanto el hombre como la mujer, no buscan exclusivamente un modelo humano con el que reproducir la especie. También desarrollan vínculos afectivos emocionales directos con el corazón de la otra persona para entablar un lenguaje sutil de correspondencia vital más amplio que el puramente sexual.

El Taijiquan nos muestra un modelo simbólico de interacción exacto para enfocar este problema. Un modelo que pone de manifiesto nuestra potencial capacidad de estar, en una forma minúscula, dentro del otro y ser a su vez la compensación necesaria para que el balanceo natural de la vida no destruya la circularidad, perfecta e impoluta, que refleja esta dualidad complementaria.

Nuestra pareja es nuestro espejo. Es el punto de referenciación a través del cual podemos comprender y entender nuestra sutil esencia contraria a nuestro rol sexual. No sólo somos hombres o mujeres, somos células impregnadas de espiritualidad y energía fluyendo los unos hacia los otros en una danza cuyo sentido escapa a nuestros sentidos externos.

El respeto de la individualidad particular de todas las personas que nos rodean, así como el asombro constante por todo aquello que nos pueda llevar a reconocer nuestro propio contrapunto, pueden ser unos más que loables objetivos en nuestro caminar en paralelo. Acercamiento y alejamiento como fases naturales de un proceso en el que todo es dinámico. Un proceso de afinidades y desconciertos que deberíamos asumir con la misma perspectiva con la que observamos la naturaleza que nos rodea.

Todo aquello que acontece a nuestro alrededor es un hecho milagroso, es un evento que debería hacernos maravillar por la grandeza de lo que significa la existencia. Una persona, un ser, un alma compañera que nos comunica, constantemente, un reflejo de una parte pequeña de nosotros que nos permite por su emergencia  ser más completos, ser más comprensivos, ser más coherentes.

Admitiendo nuestra necesidad interactiva sutil  estamos llamando al sentido de la convivencia y del desarrollo de una familia de interacciones positivas. En estas interacciones positivas podemos invertir todo nuestro capital afectivo para reconducir cualquier elemento discordante de nuestra música simétrica. El alma tiene dos polaridades inequívocas en su manifestación post celeste. Así nos configura el tao al que no podemos nombrar y sobre el que no tiene sentido especular. Qué más ejemplo que los que estamos y cómo estamos.

En todos los ámbitos de nuestra vida, desarrollar la capacidad para ver el mensaje que los otros tienen que comunicarnos a través de sus propias vivencias, sus expresiones, sus palabras, sus circunstancias, justifica el pequeño esfuerzo de poner nuestra atención en un punto de vista diferente. No apuntar al otro desde nosotros sería un buen comienzo. Disolver nuestra propia autopercepción antes de entrar en comunicación sutil con otra persona puede ayudarnos a percibirla sin el ruido autoreferenciante de nuestro ego. Es sin duda éste el que pretende constantemente reflejar en las personas que nos rodean todo aquello que ha decidió no admitir de nosotros mismos. Como proceso de protección de nuestro intelecto, el ego puede llegar a ocultar todo aquello que nuestros semejantes tienen que decirnos sin palabras.

La tradición nos invita a desaparecer, a desvincularnos progresivamente de la imagen que tenemos de nosotros, de su condicionamiento operante en nuestras relaciones humanas. Este proceso, que no entra en contradicción alguna con el natural proceso de individuación que rige la maduración del individuo, debería ayudarnos a entender mejor el sentido de nuestra comunicación sutil, las causas que realmente nos acercan para alimentar nuestro olfato espiritual y descubrir, a través de ese reflejo, aquello que en nuestra propia psique autodominada por el ego no podemos observar.

El otro puede presentársenos entonces como una trampa eficaz en la que encerramos nuestras proyecciones para, una vez capturadas, poder analizarlas con detenimiento. Necesitamos a los demás para conocernos. Aquello que nos molesta, aquello que nos indigna, aquello que produce fundamentalmente nuestra airada expresión, no deja de ser el reflejo reprimido de esos «algos» que en nosotros no estamos dispuestos a admitir.

El verdadero papel de nuestro contacto, de nuestra comunicación, forma parte de nuestro propio sentido vital vinculado al resto de seres humanos. Podemos vivir aislados, pero qué desperdicio vital dejar de disfrutar del contacto visual, sonoro, táctil de todo aquello creado de la misma y asombrosa manera.

La magia de la convivencia radica en nuestra forma de enfocarla, en nuestra forma de valorar la vida en su magnificencia por encima de nuestra pequeñez autocreadora. La capacidad de expresar desde el corazón el amor que debe nutrir nuestro sentido comunicativo justifica el esfuerzo. Poder encontrar en el otro todo aquello que buscamos inconscientemente en nosotros será el regalo de este pequeño esfuerzo, de este gran esfuerzo de retomar la senda real de las relaciones humanas.



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La compleja simplicidad de la vía

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La complejidad aparente define el comienzo del viaje. Comenzamos percibiendo el volumen de la obra, la magnitud de la creación ante la que nos encontramos. Vislumbramos la imagen de una catedral inaprensible y, ligada a ella, sentimos una gran sensación de incapacidad creativa instantánea, inmediata. Conscientes de la dificultad para comprender en su totalidad lo que tenemos delante nos dejamos arrastrar por su atractiva magnitud.

La complejidad general de su estructura y la perspectiva de tener que afrontar un aprendizaje enorme en una eternidad de minúsculas porciones, garantiza la opción del desaliento a aquel que navega en las aguas de la impaciencia, un mal común en nuestros días.

Es por esto que esta cualidad, la paciencia, es el primer requisito exigible a quién pretende abordar este camino en paralelo con su vida. Para exigirla, para entender que no es un castigo premeditado inicial sino que se trata de una prerrogativa indispensable para afrontar con éxito las dificultades y procedimientos propios del camino a recorrer, debemos ahondar en sus formas y pilares, en aquello que la fundamenta y que puede y debe inculcarse en la base fundamental de todo arte marcial. Disponer de este primer apoyo es fundamental en un contexto en el que, por defecto, la carencia será la regla sin excepción.

La paciencia, como cualidad humana, necesita alimentarse, refinarse y fomentarse en la medida que, siendo un innegable esfuerzo, una parte de la tendencia acomodaticia de nuestra mente puede acabar alcanzándola y derribándola antes de que la hayamos asentado como una característica eje de nuestra personalidad marcial y humana.

La paciencia será claramente el resultado de una motivación real, no ficticia, que alimente y defina nuestra búsqueda en este territorio por explorar.

Esta motivación real no se basa en una  imagen idílica, no se soporta en un modelo cinematográfico de corta duración que excite nuestras imágenes arquetípicas del héroe, lastrando el resto de nuestra personalidad a ese fundamento parcial. No puede ser fruto de una emoción de base o de perversiones como el rencor, la ira, la envidia o tantas otras expuestas por sistema en historias escritas o filmadas. Estas emociones se agotan en la medida en que nuestro camino va en otra dirección y, por lo tanto, dejan de tener el alimento que las mantenga, decayendo entonces nuestra virtual motivación y, por defecto, nuestra paciencia para afrontar una práctica que perderá entonces toda su razón de ser.

Esta motivación natural se nutre de comprender el real sentido de lo que vamos a hacer a lo largo de este aprendizaje, de comprender el sentido de sus fases, de sus tiempos, de nuestras capacidades y las necesidades de transformarnos para adaptarnos a un mensaje físico, mental y energético diferente.

 La práctica marcial nos va a mostrar inicialmente nuestros límites. Aceptarlos será un primer paso para comprender el proceso constructivo y evolutivo que significan en su conjunto las artes marciales.

 A partir de estas premisas, aceptando nuestros límites, vislumbrando la longitud vital del camino, comprendiendo la necesidad de ser pacientes y construyendo esa paciencia con una motivación inquebrantable sustentada en el sentido correcto de nuestra búsqueda, sólo entonces podemos hablar de una iniciación en esta práctica ancestral.

Este primer periodo de asentamiento, de fijación de bases, de comprensión de límites es una ruta ascendente que nos muestra con dureza esta primera parte del viaje, esta primera cima que escalar en la que, culminada, nos encontraremos con un Yo que desconocíamos pero que identificamos como lo más esencial de nosotros. Desde allí la visión del camino es diferente, observamos la longitud, las posibles dificultades, pero vemos también el horizonte de nuestra búsqueda y los lastres que arrastramos.

Comienza entonces un camino de regreso interior en el que el esfuerzo inicial de comprender el conjunto global desde sus primeras técnicas básicas, hasta llegar  a dominar el volumen preestablecido de ellas, se va invirtiendo en una constante visualización de la simplicidad implícita en cada gesto complejo, en descubrir cada patrón escondido que se reproduce modificado en cada peculiar prisma de un contexto mutable. Coleccionar en lo más profundo de nuestro ser esos patrones, relacionarlos, y contrastarlos con las imágenes tridimensionales de aquella catedral original,  nos ayudará a convertir nuestro ser en una réplica interna absoluta de ella, un modelo en el que nuestra individual conjetura modificará de forma efectiva la colocación de cada columna de esta edificación, todo ello sin corromper las leyes naturales de soporte y acción que nuestra intuición ha descubierto año tras año en el proceso del entrenamiento. En ese momento el ser y el arte se funden en una única corriente que fluye en la dirección inevitable de un destino decidido.


Alumnos y maestros II

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Quién no ha buscado a lo largo de su vida un guía que le ilumine el camino, una referencia que le aporte a su vida un equilibrio externo en el que apoyarse. En la antigua tradición marcial china, ese papel le correspondía a una figura de la máxima importancia: el maestro. Un guía que anticipaba una dirección, un ayudante para la capacidad individual de decidir, de tomar la opción correcta de las muchas que la vida nos plantea constantemente.

Esta guía cumplía una función fundamental de educación y tenía, como todos los procesos educadores, un principio y un fin. Este principio estaba definido por una necesidad primordial y el fin tenía mucho que ver con la superación personal del alumno que, satisfecha esa necesidad inicial de conocimiento y guía, se enfrentaba a la vida atendiendo a los dictados de su naturaleza. Este final se producía con una idea clara en la cabeza de lo que constituye la convivencia entre las personas, de lo que significa el conflicto interior y el conflicto exterior, de las líneas convergentes de la naturaleza humana y de todo aquello que nos aleja de ese concepto, único medio para que la trascendencia personal fuese una realidad.

La aceptación de la necesidad social del Ser, la comprensión clara de que solos no llegamos a ninguna parte y que, en esa convivencia imprescindible para desarrollar la idea humana, era fundamental desarrollar la capacidad de dar y de recibir.

Esta comprensión era transmitida generación tras generación en contextos con una amplia gama de matices en los que la personalidad se manifestaba afinando la realización natural profunda y su necesidad de ajustarse a un entorno concreto, un medio cada vez más poblado y a veces hostil.

Las artes marciales en su conjunto adquirieron este modelo de transmisión de maestro a discípulo y contenían una serie importante de recursos filosóficos, técnicos, morales y físicos para que el discípulo aprendiese a valerse por sí mismo, con unos fundamentos humanos sólidos, una capacidad de comprender con claridad lo justo y lo injusto disponiendo de procedimientos para equilibrar su medio, tanto físico como mental, en situaciones desequilibrantes o injustas para sus preceptos fundamentales.

Esta virtud moral, filosófica, física y marcial se traducía en la manifestación de un exponente humano de las enseñanzas de una escuela, un ejemplo para la sociedad que permitiese a lo social pervivir frente a lo individual como un reflejo de la idea que ha permitido al ser humano sobrevivir a las inclemencias de la naturaleza.

Esa relación con el maestro tenía un tiempo limitado y, sobre todo, un proceso de convivencia basado en el respeto absoluto a las enseñanzas del maestro.

En la entrada del siglo XXI en la que nos encontramos, esta relación maestro/discípulo se nos presenta como un reflejo de una idea romántica anacrónica. Algunas escuelas mantienen esta tradición como parte de un legado que no puede ni debe desestimarse frente a los retos a los que se enfrenta la moderna humanidad.

La fuerza divergente del individuo estará presente siempre como antagonismo de nuestra capacidad de confluir sin que ambas potencialidades sean, por si mismo, elementos negativos para nuestra conducta. El exceso de separación puede ser tan dramático como el exceso de unión. La justa medida del espacio queda definida en la simbología tradicional china del yin y yang como elementos interactivos que mantienen su peculiar forma y distancia, una como un reflejo inverso de la otra, pero conteniendo el germen que permite la comprensión equilibradora de su opuesto.

En la relación maestro alumno se reproduce el proceso completo de la creación en el que la unión, el encuentro supone un parto a una nueva vida con una leyes propias y con una dirección inamovible en la que, tanto el alumno como hijo y el maestro como padre, aceptan un rol de dar y recibir en distintos niveles. El maestro impronta el eje de equilibrio y conocimiento que el alumno necesita para enfrentarse positivamente a la vida. El alumno a su vez le muestra al maestro que la naturaleza es mutable, que la tendencia divergente hacia lo propio, lo exclusivo, el ego, es una realidad perenne que nos acompañará hasta el final de nuestros días. El maestro comprende la necesidad de dar desde el corazón y el alumno aprende a recibirlo en el mismo espacio para gobernar su constante intento por imponerse desde la inexperiencia. El contraste entre las experiencias de ambos roles forma parte de la indisoluble comunicación que debe establecerse entre el padre y el hijo en el camino.

Esta relación debe entenderse siempre en esta justa medida de respeto de espacio y de la naturaleza individual de cada uno de ellos. El maestro, en su proceso de no invadir a su alumno en términos de posesión y de dominio, le muestra que el acto de dar los frutos de la propia experiencia no reviste ningún pago posterior, no está supeditado a la deuda de pleitesía que algunos falsos maestros imponen a sus alumnos. Esta práctica nefasta, y por desgracia tan común, termina generando una forma extraña de esclavitud en la que falta por completo el compromiso de ayudar a que las personas alcancen la libertad del conocimiento propio y de la gestión personal de todo aquello que llega a su mente y a su corazón.

El alumno por su parte respeta la dedicación del tiempo vital de su maestro que regala este espacio de su vida a volcar su comprensión en la medida justa del recipiente humano de su alumno. Esa tarea comprensiva, a veces equivoca los requerimientos exigentes en los que pueden caer algunas personas que también exigen un pago por su dedicación en el aprendizaje. Una exigencia que, en algunos casos, puede llegar hasta el inconcebible juicio por la vida personal de su maestro, un juicio que irrumpe de lleno en el espacio individual del maestro al que el alumno no debe acceder, un espacio común inviolable en ambas direcciones.

En un mundo plagado de imágenes e ideales, es fácil confundir estos roles como estructuras de intercambio contractuales en las que se puede contraer una deuda insoportable que hará que, finalmente, la separación inevitable de maestro y discípulo ocurra en circunstancias negativas, algo que puede acompañar a ambas personas como un lastre el resto de sus vidas.

El periodo de este aprendizaje no debe prolongarse más de lo necesario. De ser así, es muy probable que estos problemas anteriormente mencionados, tengan más fuerza para imponerse y provocar este desastre. Algunos maestros hablan de un mínimo de 3 años y un máximo de 5 años en los que el alumno acepta sin discusión las enseñanzas. A partir de ese periodo, toca enfocar con valentía la vida, la experiencia personal con lo aprendido, la realidad de nuestra responsabilidad personal de asumir los compromisos que nos corresponden como seres humanos individuales y sociales.

A partir de ese momento, de esa despedida, la relación entre ambos se convierte en una forma de amistad duradera en la que el respeto mutuo y el diálogo interactivo, sin imposición, serán un garante de convivencia y armonía en las otras facetas del camino.

El maestro se convierte en ese momento en un pozo al que acudir para reafirmarse, para concretar, para pulir cualquier arista de nuestra personalidad que ha quedado pendiente de definir. Cada encuentro se convierte en un momento feliz de concurrencia en el que padre e hijo se reencuentran y se reconocen el uno en el otro, no como clones ni obras personales, sino como personas libres que piensan y actúan en equilibrio aportando estas dos característicos a una sociedad que las necesita con urgencia.


Alumnos y maestros

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La tradición marcial china ha heredado de la cultura social de su pueblo la configuración de las relaciones internas entre sus practicantes. Estas relaciones se han interpretado desde nuestra cultura occidental como una reminiscencia extrañamente tallada similar a un sistema feudal en términos de vasallaje.

Las épocas en las que se gestaron estos modelos marciales, la singularidad de los clanes que ostentaban la tradición, los modelos de práctica, el desarrollo de los sistemas, las fórmulas de transmisión y, por qué no señalarlo, el casi constante estado de guerra del pueblo chino hasta la constitución de la República Popular China en el año 1949 así como la posterior militarización de la población en su orden político, asentaron un modelo de relación interna entre estos clanes familiares muy similares a los de un régimen militar tradicional propio de la edad media.

La jerarquía social vinculada al culto a los ancestros, el proceso de refinamiento acorde a las leyes del cielo y el referente moral que vincula al individuo en compromiso con aquello que el cielo le ha encomendado para alcanzar la virtud general que le posiciona por delante de los Xiaoren o pequeños hombres, son algunas de las premisas confucianas heredadas por la tradicional marcial. Eco de estas premisas es el Wude o virtud marcial que aglutina una serie de principios fundamentales que debe mantener el Wuxia o caballero que practica las artes marciales.

Esta necesidad de implantar la visión de la virtud en los modelos de relaciones sociales en las escuelas de las antiguas tradiciones marciales queda excluida, casi por completo, en los modernos sistemas denominados «marciales». La justificación de esta exclusión es muy variada.

En la relación maestro-discípulo, vamos desde la crítica al anacronismo de unas relaciones serviles del alumno para con el maestro, hasta el sin sentido de nombrar a un segundo padre como guía de una vida en la que, por orden natural, acabamos descartando hasta a nuestros reales padres biológicos.

En la relación entre los alumnos nos quedamos con la necesidad de establecer órdenes competitivos que fomenten la motivación de un alumno cuyo estado natural es la desmotivación.

Si sumamos a estas justificaciones la integración e identificación de las artes marciales en el paquete ordinario de la mera práctica deportiva, el maestro se termina convirtiendo en colega entrenador, el hermano de práctica se convierte en el deportista a superar y el sagrado territorio de la práctica se convierte en un «gimnasio» en el que se combinan el espíritu de las antiguas tradiciones con sesiones de una nueva versión de gimnasias de moda inventadas progresivamente para estimular el uso del producto comercial que representan.

Como artistas marciales debemos preguntarnos qué buscamos realmente con nuestra práctica. Todo lo que tenemos a nuestra disposición, instalaciones, profesores, compañeros, modelos y estilos, todo está realmente pendiente de nuestra interpretación y de nuestro deseo profundo de darles un sentido coherente.

El profesor no es un autónomo al que contratamos parte de su tiempo y pagamos para que nos instruya en los elementos que necesitamos para superar a los demás. No es un tendero y nosotros sus clientes. No es nuestra propiedad. Nos encontramos con una persona que nos entrega un momento de su vida en el que confluyen todos sus conocimientos y experiencias adquiridas tras muchos años de entrenamiento, lesiones, gastos enormes en formación, batallas personales por dedicarse a aquello que le dicta su naturaleza y responsabilidad con la materia que aborda.

Igualmente, el alumno que decide entrenar artes marciales no es un deportista o un mero aficionado. No aprendemos un arte tan difícil como resulta ser cualquier estilo tradicional, que nos exige una revisión a fondo de nuestros principios morales, físicos, mentales y espirituales, para ir por los circos dando saltos entre payasos y titiriteros, sin menospreciar estas dos honorables profesiones.

La espectacularidad visual de algunos estilos y su enfoque deportivo basado en una estética atractiva confunden habitualmente a los testigos del arte en su justa apreciación. El artista marcial crea una obra enorme dentro de sí mismo a través de la transmisión milenaria que aborda cada vez que pone un pié en su escuela. Olvida el universo entero para centrarse en la palabra que su maestro le regala como una píldora sagrada que le permita vislumbrar con exactitud la realidad de lo que pretende aprender. El practicante de artes marciales decide asumir la vida instante a instante con un modelo espiritual de lucha incansable y de autosuperación ante las inevitables adversidades de la existencia, preparando cada momento de su vida para ser plenamente consciente de él.

Cuando aprendemos a respirar, a organizar nuestras emociones, a colocar nuestras articulaciones y nuestros músculos en las posiciones que la técnica nos brinda, cada vez que iniciamos estos procesos, estamos entrando en un mundo de regulación rigurosa de lo más profundo de nuestro ser. Estamos acercándonos a entender el sentido del instante presente como única realidad constatable de nuestro sentido vital.

En ese instante, nuestro compañero se convierte en el alma afín que nos ayuda a entendernos a través de aquello que no podemos contemplar en nosotros mismos, se convierte en el otro que sacrifica su mentira para centrarse en su verdad y aporta la confortable camaradería de quién nos valora por similitud espiritual, acude a una cita a la que nosotros también acudimos y se centra en su búsqueda de la misma forma que nosotros lo hacemos. En ese instante las diferencias entre él y nosotros no son más que palabras, el orden general de la sesión nos unifica como lo que realmente podemos llegar a ser gracias a la sabiduría del maestro que nos guía.

Ese maestro es el que se enfrenta a la dura tarea de plantear una realidad no virtual, el que establece una comunicación directa sin conexiones intermedias, el que nos invita a conocernos en realidad sin imágenes falsas reproducidas de una película, el que nos muestra el sendero de la realidad que supone caer y levantarse para volver a caer y volver a levantarse sin que merme la sonrisa.

Ese maestro está en nuestro interior, en lo más profundo de nuestra mente y de nuestro espíritu. Cuando reflejamos esa idea en la persona que nos enseña, le estamos dando tanto como ella a nosotros. Lo estamos ayudando a ayudarnos, estamos viviendo la práctica con un sentido real y generoso, con una gran humildad y un amor profundo por la práctica que ha perdurado en los siglos.

Toda realidad parte de nuestra mente. Si dejamos que la inmundicia que inunda nuestra sociedad económica y superficial contamine la imagen que queremos tener frente a nosotros dirigiendo cada instante de una sesión de práctica, estaremos matando el sentido que nos guía para finalmente comprender que, por más que buscamos al maestro, sólo nos encontramos con personas. Esas simples personas que esperan a que cada uno de nosotros vea en ella esos elementos que realmente buscamos. En ese momento y en el momento en el que el maestro siente a sus alumnos con esta visión, él les regala la visión sincera de estar frente a un grupo de amantes de la vida y de la verdad que no difieren en absoluto de los que abordaban el entrenamiento en cualquier clan familiar del siglo XVIII. Nosotros tenemos el poder real de cambiar las cosas, siempre decidimos si creamos o destruimos, siempre podemos ser felices pese a todo o ser infelices ante todo.

Las relaciones entre los practicantes de una escuela, entre ellos y sus maestros, son el fruto de un compromiso personal, individual, no vinculado a egos o a dominios, no suscrito por terceros. Son un territorio sagrado en el que la generosidad común es capaz de generar un espíritu que brille por encima de la oscuridad que nos está cegando la vista. Como artistas marciales no competimos, no somos un espectáculo, no compramos o vendemos, no criticamos, no desfallecemos,… crecemos y lo hacemos cada vez que entre las luces y las sombras optamos por brillar.

Las artes marciales son un camino, un camino que recorreremos el tiempo que queramos, un camino que puede ser una guía útil para la vida y para el sentido de la vida. El maestro estará allá donde queramos verlo y nuestra condición de alumno o cliente dependerá absolutamente de nosotros y de nuestra capacidad de ser humildes, sinceros y justos. Quizá estas tres sean las únicas normas de relación reales que conforman el espíritu de las artes marciales tradicionales.


Integración positiva

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Que el ser humano está en constante evolución es ya un hecho indiscutible. Las mentes más sabias de nuestro mundo coinciden en afirmar que las nuevas generaciones presentan una adaptación mayor al mundo en el que vienen a aparecer.

Muchas teorías adornan esta afirmación justificando el hecho en sí como el inevitable resultado de un proceso de selección natural, y lógica configuración, del ser humano como elemento adaptativo al medio.

Sin embargo, la selección natural tantas veces aducida por la ciencia como modelo confluyente de cualquier atisbo de coherencia en el sentido de nuestra existencia, hace ya mucho tiempo que dejó de operar en el modelo en el que nos hemos apoyado a lo largo de tantos y tantos siglos de progreso.

La dirección de nuestra evolución estaba antes marcada por necesidades de subsistencia, de perpetuar la especie frente a las inclemencias de una naturaleza no siempre bondadosa con la especie. Necesitábamos dejar de ser cazados para convertirnos en cazadores, dejar de sufrir enfermedades para utilizarlas voluntariamente o involuntariamente como un instrumento de dominio. Era preciso contener el agua, controlar la tierra, manejar los ríos y mareas aplicando medidas de prevención oportunas a los posibles desastres asoladores de nuestras ciudades.

En definitiva, el ser humano tenía que progresar, prosperar en la dirección absoluta del dominio completo sobre el medio en el que su vida iba a desarrollarse.

Esta carrera para situarnos en lo más alto de la cadena evolutiva, en lo más alto de las especies, tenía una finalidad de protección de lo que denominamos humano, de lo que contiene en última esencia la capacidad evolutiva de la conciencia que impregna todo el universo.

Para lograr esta supremacía no era necesario agotar, fundir, acabar con todo aquello que nos mostrase oposición. Este recurso del hombre para, no sólo evitar o prevenir, sino erradicar por completo cualquier posible problema futuro, parece enquistado en nuestra genética.

Llevamos en guerra desde el comienzo de nuestra génesis. Todo ha sido guerra por imponer una idea por encima de todo y de todos. Esta idea de supervivencia estaba vinculada directamente a esa selección natural a la que nos referíamos anteriormente.

Sin embargo, cuando el objetivo de la supervivencia está en muchos modelos sociales más que superado, nos encontramos con que otros intereses, de otro orden, dictan la dirección de esta evolución natural del hombre. Ahora somos personas tecnológicamente evolutivas. Nuestra superioridad se basa desde el comienzo de los tiempos en nuestra capacidad para administrar las ideas capaces de generar tecnología. Desde el cuchillo o la lanza al moderno ordenador, todos los instrumentos capaces de mostrar una utilidad a nuestra funcionalidad social son y serán diseñados y fabricados para que nuestra complejidad en este entorno continúe evolucionando.

Esta tecnología marcó desde el comienzo de los tiempos no solo una diferencia entre el ser humano y las diferentes especies, también creo diferencias entre los propios grupos que luchaban por preservar sus costumbres, tierras y posesiones. Mucho ha tenido que llover hasta que lleguemos a una estructura social legislada y controlada en la que la educación y los derechos humanos comienzan a emerger como brotes reales del siguiente paso que debemos dar.

Nuestra evolución tecnológica ha arrasado literalmente todos los aspectos sutiles de nuestra sociedad transformando e injustificando visiones tan aparentemente anacrónicas como la religión o las humanidades. Hemos evolucionado con un error que continúa perpetuándose en el tiempo, un error fatal que podemos y debemos corregir.

Aceptar la creencia popular sobre la existencia de Dios, entender el sentido de nuestra existencia y sobre todo, si me lo permite Milan Kundera, reconocer nuestra insoportable levedad, no son más que tareas pendientes que la tecnología nos promete resolver. Para llegar a hacerlo establece una exploración a lo más profundo de la materia y otra a lo más lejano del universo, olvidando que ambos extremos están naturalmente blindados a nuestra intervención consciente.

La intención de este artículo no es la de criticar a la tecnología pensando que los tiempos pasados fueron mejores. Esa afirmación no tiene la más mínima base lógica si tiramos particularmente de historia. Sin embargo, al evolucionar hacia la tecnología descartando nuestras etapas evolutivas anteriores caemos en el error de perder las referencias que nos han conformado como lo que somos. Entre estas referencias podemos citar a la guerra por la supervivencia, la mitología que registraba un simbolismo inaprensible o a la religión con su intento de organizar las ideas o iluminaciones de la vanguardia de la experimentación de la conciencia.

El ser humano es realmente un proceso evolutivo de lo más burdo a lo más sutil. Ya no matamos a nuestros opositores, dialogamos y llegamos a acuerdos que nos permiten colaborar desde puntos de vista diferentes para encontrar lo que nos proyecta a un futuro compartido. Nos encontramos en un momento de nuestra historia en el que debemos reflexionar sobre nuestra capacidad real de integrar todos los elementos que nos han traído hasta aquí, y dejar que ellos a su vez se impregnen de lo mucho que tiene que decir a partir de ahora nuestra evolución tecnológica.

Si aplicamos tan sólo las transformaciones que la tecnología pura y dura nos propone nos encontraremos con un panorama en el que realmente vale todo en pos de esta evolución. Comenzaremos a hacer experimentaciones que descarten al individuo como final receptor del producto de la investigación.

El ser humano debe trabajar y evolucionar para ser realmente humano, consciente de su responsabilidad para con el  planeta y las restantes especies que lo pueblan. Consciente de su espiritualidad para no descartar una vida sin un sentido sutil como el que nos proponen las culturas más espirituales.

Sentirnos los hermanos mayores de la tierra exige una madurez que no puede basarse en el dinero, el poder o la posición social. Necesitamos una madurez real que nos permita, como sociedad, reenfocar el objetivo de nuestro esfuerzo vital, cuidando realmente de nuestros ancianos sin perjuicio de prolongar la vida y su calidad tanto como nuestra tecnología nos lo permita. Una sociedad consciente de la importancia de una educación abierta y analizada constantemente sin fines dogmáticos sino la esperanza de un pensamiento libre y equilibrado. Es ahora más que nunca cuando debemos transmitir los valores que hacen que no seamos simples bestias que se levantaron del barro para arrasar todo lo que tienen a su alrededor, incluyendo estos extremos los límites del universo y las recónditas oscuridades de la materia.

No podemos dejar que el ritmo que esta tecnología imprime a nuestra sociedad altere el ritmo natural al que debe avanzar nuestra transformación natural y nuestros valores humanos y trascendentes. La tecnología no es el fin, es un medio que debe ayudarnos a posicionar nuestra conciencia en lo más alto de su potencial. Para ello debemos ir progresivamente volcando el esfuerzo físico laboral en máquinas que nos permitan dedicarnos al cultivo de la vida, al desarrollo del amor y la voluntad espiritual de trascender sin descartar nada de lo que somos ni nada de lo que fuimos, de todo ello dependerá en definitiva lo que seremos.


Trascendiendo las formas

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La organización de la información es una constante que nos permite, en general, elaborar una coherencia en la evolución de nuestras creaciones como seres humanos. Desde la rueda al coche, hemos atravesado el espacio y el tiempo de las ideas enlazándolas continuamente en el  protocolo de evolución oportuno que ha permitido que los vehículos sean una realidad contemporánea.

La forma en la que esta información viaja en el tiempo ha sido común en casi todas las culturas. Desde la tradición oral a la escrita, los cúmulos de conocimiento han fluido con el acontecer del ser humano, aportando lo necesario y modificando su trayectoria, una y otra vez, en un orden de eficacia y de sentido.

Las estructuras de este conocimiento técnico o histórico, humano en su conjunto, han sido debidamente cartografiadas por historiadores, los cuales han sabido descifrar su cronología adaptando los pormenores desconocidos, los de relativa importancia, a las hipótesis más oportunas para el contexto de lo que denominamos conocimiento adquirido.

Aceptamos estas hipótesis para poder encajar el conocimiento en un paquete de fácil transmisión y de oportuna organización en el conjunto del saber. Estos procesos de transferencia de la información, ligados a nuestro modelo de memoria individual, hacen de la historia y de la transmisión del conocimiento, un ente vivo que fluye y evoluciona en paralelo a nuestra capacidad de almacenamiento personal o social.

Estamos en la época de los ordenadores y presenciamos, por primera vez en la historia, un fenómeno de gran magnitud nunca antes acaecido. Hemos alcanzado la mínima expresión de empaquetamiento informativo llegando a la unidad de información si/no propia de los sistemas digitales. Prácticamente todo el conocimiento que ha llegado al siglo XXI desde los albores de la humanidad se encuentra enlazado en un cordaje temporal y humano que ha desembocado en una filosofía del almacenamiento y el acceso a dicha información compuesta de estos dos elementos de interacción. Hemos llegado al máximo reduccionismo para abarcar el mayor volumen imaginable de datos de una forma organizada y accesible. Eso nos confiere la posibilidad de relajar en gran medida nuestra necesidad personal de memoria para volcarla en instrumentos tecnológicos de enormes capacidades.

Esta era digital estructurada en un plano concreto se está viendo obligada a evolucionar a un contexto multidimensional que tenga la capacidad de establecer relaciones de gran precisión entre elementos de contextos aparentemente desvinculados. La forma en la que ocurren estos procesos de interacción informativa está directamente vinculada a las matemáticas como formato o patrón germinal que da coherencia lógica a la información y a su acceso, siempre en términos de utilidad o de sentido para el modelo humano de conocimiento.

Sin embargo, una ligera reflexión sobre el volumen que estamos manejando nos invitará a pensar en cómo el ser humano va a adaptarse a esta magnitud. El tiempo transcurre, las sociedades crecen exponencialmente en términos demográficos y los eventos aumentan a una escala difícilmente asimilable por la memoria normal de un ser humano. Cada vez debemos recordar más eventos, más interacciones y, a su vez, establecer nuevos marcos de referencia para el acceso útil a dicha información en el momento oportuno.

Desconocemos la capacidad de nuestra maquinaria biológica para el almacenamiento de la información. Sucesos aparentemente sin importancia quedan reflejados en nuestra memoria de una forma permanente, mientras que podemos llegar a olvidar un momento de gran trascendencia para nuestra existencia. Esta reflexión puede hacer que nos planteemos cuestiones tales como: ¿qué determina nuestro estímulo para fijar contenidos en nuestra memoria y disponer de ellos con la prontitud que una situación particular nos requiera?, ¿cuál es nuestra capacidad de almacenamiento?, ¿necesitamos todo lo que pretendemos memorizar?

Cuando nos planteamos estas cuestiones desde el plano de la educación y del aprendizaje las respuestas posibles deben ajustarse, como decíamos al principio del artículo, a la coherencia contextual que nos afecte y, sobre todo, a la utilidad de dicha información para el desarrollo de nuestro proyecto personal evolutivo. Según los más modernos estudios científicos, nuestra memoria es estimulable y de una capacidad que no podemos llegar a imaginar. La forma en que almacenamos la información está directamente vinculada a nuestras experiencias y nuestro patrón relacional de la información, vinculado directamente al lenguaje y a la imagen residual de la idea contenida en él.

La tradición oral está ligada directamente a este lenguaje, aunque su modelo de fijación memorística está impregnado de imágenes, expresiones, tonos e intenciones difícilmente imaginables en un modelo escrito. La estructura gramatical de la lengua determina una forma de partida de organizar la información y de relacionarla en una simbología a veces inapropiada para los elementos que se intentan contener en ella.

Algunos pueblos celtas mantenían la tradición oral justificada en la capacidad del hombre para olvidar todo el conocimiento transferido de forma gráfica. En el ámbito de las artes marciales tradicionales, este elemento de tradición oral permitía mantener en una línea secreta diferentes elementos del conocimiento del estilo en cuestión y exigía al alumno realizar el esfuerzo de necesidad por mantener vivo el conocimiento que le era transmitido a veces en una única ocasión.

La teoría y la práctica iban de la mano en un único paquete gestual y verbal que, a veces, era apoyado exclusivamente con una mirada del maestro sobre el discípulo. El lenguaje de las artes marciales es simbólico, gráfico, dinámico, psicomotriz, anímico, intuitivo, contextual, ocasional, espiritual, práctico y, sobre todo, personal y transferible.

Las formas que conocemos como Taolu en las artes marciales chinas, son un modelo de transmisión de la información en un contexto multidimensional de una complejidad que aún no somos capaces de vislumbrar.

Cuando memorizamos una forma, cuando obtenemos los patrones estructurales del movimiento y experimentamos las inercias de nuestro cuerpo en su ejecución, la fluctuación de nuestro pensamiento en medio de la abstracción propia de la práctica, somos testigos de esta transmisión sin palabras que toca de lleno el plano energético sutil del individuo y, por ende, su propia espiritualidad.

El modelo de transmisión del arte se articuló en un paquete piramidal lleno de sentido y de oscuridad, de estímulos y de referencias, de coherencia con una idea germinal manteniendo una fluctuación matemática pero con la capacidad de generar en el practicante modelos de expresión inmediata vinculada a la idea del estilo en el contexto de la lucha.

Hablamos de lucha y podemos referirnos al conflicto individual con otra persona o a una forma de entender el camino social que se muestra ante un artista marcial del siglo XXI. En las formas está contenido todo el conocimiento que los antiguos maestros nos quisieron transmitir, sin palabras, sin almacenamientos estancos que consumieran nuestra energía mental para su mantenimiento y  que requiriesen de enormes fórmulas lógicas referenciales para poder acceder a la información que necesitamos. Su modelo híper avanzado de transmisión contemplaba la necesidad del conocimiento como la necesidad de vivir. La teoría de los estilos fluye en cada uno de los gestos propios del estilo, en cada forma de respirar, en cada modelo de recepción, interceptación o golpeo. La alternancia de calma y tormenta, control sobre nuestro eje en cada circunstancia adaptando su estructura a las inclemencias del momento, hacen de este modelo de varias dimensiones un elemento fundamental para que la información ancestral fluya en el tiempo dibujada en el movimiento de los cuerpos de los miles de practicantes que han tomado el testigo de la práctica.

Pero esta maravilla conceptual, esta pirámide intemporal fijada a la actividad humana para su viaje por el tiempo, tiene también un objetivo y no es la información en sí misma, el objetivo de utilidad de dicha información, su utilización y la dinamización personal de su uso por medio de otros elementos de orden sutil, son los pilares que fundamentan la utilidad de esta forma de transmitir.

Fijar toneladas de información en nuestra mente puede no ser la mejor forma de establecer reacciones oportunas en las que el tiempo y el espacio no son una opción. La memorización de nombres, fechas, biografías, eventos, no tiene ningún sentido en el momento determinante de la acción, el gesto debe tomar absolutamente las riendas como elemento conductor de los factores espirituales implicados en el conflicto.

Nuestras emociones, nuestros reflejos organizados en unidades efectivas de reacción, las magnitudes de nuestras respuestas y la organización constante de nuestro eje de equilibrio, requiere que todo el trabajo de las formas y del entrenamiento en la escuela, fluya como el agua en el cauce de un rio, sin salirse de lo oportuno, chocando y absorbiendo lo  necesario, dejando pasar lo imparable, menoscabando lentamente los elementos más finos del contexto, filtrándose en los espacios vacíos para llenarlos y expandirlos hasta sus máximas consecuencias.

La forma, como eslabón de la cadena del conocimiento marcial, debe ser trascendida y entendida en su sentido ascendente para poder llegar a los mensajes sutiles contenidos en ella, mensajes que están vinculados a la esencia del ser humano y que por eso no necesitan un lenguaje adicional. Los símbolos del gesto sobre el papel de nuestras células producirán la respuesta inmediata fruto de este volumen de conocimiento escondido en estos dos elementos. Estos símbolos se crearon acorde a nuestros diferentes planos, teniendo en cuenta las relaciones interdimensionales que se establecen entre cuerpo, mente, energía y espíritu, conscientes de que todas son una misma esencia contenida en el ser individual que interpretamos como persona.


El combate real y la anticipación. Del caos al orden.

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El orden de las acciones difiere en la medida que las distancias a la que dos contendientes se encuentran. La distancia determina de forma contundente el tipo de técnicas que deberían surgir en cada instante de la acción combativa. Sin embargo, es muy probable que en virtud al estado propio de este tipo de acontecimientos, el orden de acción aparezca en un importante grado de desorientación.  Realmente esto no reviste una gran importancia si nos encontramos en las primeras etapas de iniciación a las artes marciales y en un entorno no lesivo. Es completamente lógico que el orden de acción acorde a la distancia no esté debidamente fijado y, por lo tanto, la emergencia de las respuestas o contramedidas pueda ocurrir de forma catastrófica.

Sin embargo, cuando nos referimos a una acción real de combate, a un momento determinado en el que nuestra integridad física corre un verdadero peligro o en el que corremos el riesgo de perder la vida, estos tiempos y reacciones deberían surgir en un orden muy preciso para poder salir ilesos de la situación. Este tipo de situaciones no suelen darse en la zona de entrenamiento. Siempre guardamos un punto de referencia de seguridad para no traspasar aquello que nos sitúa precisamente en un territorio de alto riesgo.

Cuando vemos combates de artes marciales en los que se han eliminado un importante volumen de reglas, nos parece estar viendo una situación más cercana a la realidad de la lucha verdadera. Sin embargo, pese al déficit normativo en este tipo de pruebas, seguimos encontrándonos en un entorno en el que la realidad se encuentra desubicada.

¿Cómo podemos definir realmente el combate definitivo? ¿Es posible garantizar un resultado positivo atendiendo a un nivel técnico y de preparación para un momento tan lleno de imprevistos?

 En el instante de la lucha real aparecen un gran número de factores interviniendo en este evento, algunos involuntarios, otros muy perfilados, otros imprevistos, pero todos ocurren en un orden que no siempre resulta óptimo para poder insertar los elementos propios de la preparación del artista marcial.

Algunos maestros recalcan la importancia del espíritu como factor determinante en cualquier posibilidad de éxito pugilístico real. Otros hablan de la necesidad de tener una gran capacidad de anticipación para la aplicación de las técnicas, otros hacen hincapié en lo fundamental que resulta una gran velocidad para anular las reacciones intermedias de defensa y contraataque del contrario.

Toda esta teoría de la lucha, todo el arsenal técnico de cientos y cientos de sistemas de combate se encuentran siempre en desventaja ante un evento indirecto inesperado. Nuestro ángulo de visión, nuestra percepción de movimiento, nuestra sensibilidad, pueden ayudarnos a aproximarnos al espacio de oportunidad efectiva, pero el estado emocional emergente en ese instante puede transformar años de entrenamiento en un gran descalabro.

Entrenamos decenas de años para un supuesto de acciones que quizá no ocurran nunca sabiendo que es posible que, si algún día ocurriesen, podríamos estar girados, distraídos o bajos de ánimo para afrontar el suceso con garantías. La sensación de haber desaprovechado miles de horas vitales para nada puede cercarnos y desalentarnos para continuar con nuestro entrenamiento.

Sin embargo, al entrenar la técnica entrenamos algo más. Entrenamos los rudimentos necesarios para un combate mucho más duro, el combate de la existencia ordinaria. Este combate ocurre a un ritmo constante, latente, perenne desde nuestros primeros años hasta el final de nuestra vida. En él, el orden de los acontecimientos también puede ser inesperado, pero podemos fijar a través de nuestro entrenamiento, una actitud de vigilancia y alerta previa, quizá la técnica más difícil de comprender.

El espíritu combativo debe ser forjado, alimentado, pulido y mantenido activo constantemente sin que interfiera en nuestra capacidad interactiva pacífica con el resto de las personas. Estar siempre alerta, estar siempre dispuesto para luchar, puede parecer un anacronismo propio de la edad media. Sin embargo, dado el carácter imprevisible del conflicto, este elemento debe figurar el primero en nuestra lista ordenada de prioridades para enfocar nuestra vía marcial y nuestro entrenamiento en y para la vida.

El ser humano se ha relajado en su condición animal hasta un punto que hemos denominado estado del bienestar. No esperamos realmente sucesos dañinos ya que la sociedad legislada y ordenada no deja, aparentemente, espacio para estos imprevistos. Cuando vemos un programa sobre animales salvajes, nos sorprende ver su estado de alerta constante, incluso en lo que parece ser un momento familiar relajado. De ello dependen sus vidas.

Este punto de nuestra condición lo hemos olvidado, hemos olvidado la relativa fragilidad de nuestro equilibrio vital ante determinados posibles acontecimientos. Lo vivimos en diferido en películas, videojuegos o combates deportivos, sin embargo, la vida requiere un estado de alerta relajado constante. Precisa que no dejemos de observar el espacio que nos rodea, los riesgos que pueden acecharnos o los acontecimientos que se desencadenan cerca de nosotros.

Por desgracia, nuestro mundo está inmerso en un constante flujo de violencias que afectan a diferentes sectores de nuestro ámbito existencial. Es por ello que de cara al combate, el primer elemento que no debemos olvidar y que debemos integrar en nuestro entrenamiento diario es el de no descartar la posibilidad del conflicto, porque es real y acecha en muchos más lugares de los que podemos imaginar. Aceptando esta posibilidad podemos desarrollar una capacidad constante de alerta tranquila que nos permita analizar el contexto y situaciones en las que nos movemos habitualmente. Si aceptamos esta posibilidad, podremos afrontar con seriedad y dedicación un entrenamiento de respuestas ordenadas óptimas para salir indemnes de este tipo de situaciones de conflicto, aplicando la técnica en el momento y distancia necesaria, con la fuerza y energía vital precisa para que su diseño original cumpla realmente su función.


Vivir desde el amor

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Acabamos de abandonar un siglo lleno de grandes desastres y de grandes avances para el ser humano. La injusticia y la justicia se han dado la mano para evolucionar y crecer voluminosamente, como si ambas fuesen inseparables compañeras de camino.

La idea de un mundo lleno de justicia y de cordura parece, ahora más que nunca, una realidad irrealizable. Esta dicotomía constante, que ha acompañado al ser humano desde el comienzo de los tiempos, nos hace dudar sobre nuestra esencia bondadosa como eje evolutivo, en el que lo humano crece por encima del resto de elementos de este mundo superpoblado.

Que la idea de los derechos humanos haya prosperado apunta en una dirección relativa a los anhelos de las personas, anhelos de paz, de justicia, de armonía, de solidaridad y seguridad social.

Cuando observamos el panorama general de nuestro mundo, la desproporción demográfica en la que hemos caído y los valores en los que se fundamenta la prosperidad en lo económico y lo político, no podemos sino dudar de que en algún momento, en algún futuro inmediato, nuestro sustrato social pueda nutrirse de los elementos que anhelamos.

La virtud en estos tiempos se basa en la productividad personal en cualquier segmento que pretendamos estudiar. Hemos establecido un sistema de recompensas que premia la cantidad y la calidad de la producción, por encima de los valores humanos que nos han sacado en muchas ocasiones del atolladero involutivo al que estamos abocados. Luz y tinieblas se alternan para mostrarnos a personajes ilustres llenos de méritos que han realizado las más grandes atrocidades de la historia. Bombas nucleares, invasiones y exterminios raciales han coexistido con grandes descubrimientos en medicina, exploración espacial, tecnología, etc.

Quizá esta convergencia de polaridades tan opuestas resulta insoportable para un corazón que busca, por encima de todo, la paz vital y la felicidad espiritual. Las religiones cada vez más caen en el descrédito provocado por sus incoherentes dirigentes y la tergiversación de su mensaje en pos de alimentar estratos políticos, o para la exclusiva supervivencia del entramado organizativo que representan.

La espiritualidad del ser humano se va reduciendo a medida que avanzan los años. La presión interior de esta necesidad humana comienza a resquebrajar los caparazones sociales en los que nos vamos aislando individualmente.

Hay un anhelo mantenido en el tiempo, un espacio que, anulado, nos empuja a buscar otras vías para alcanzar la felicidad profunda. Parecemos inconscientes de que la felicidad profunda está precisamente en esa profundidad a la que únicamente podemos llegar en un estado de paz y tranquilidad, fruto del amor y de los valores positivos del fenómeno humano.

Social y personal son dos visiones que deben encontrarse a través de planteamientos comúnmente aceptados, no como mandamientos sino como convicciones conscientes de que solo hay un camino para la paz y para la felicidad. Aumentar la productividad de las personas y llenar la tierra de objetos y de juguetes tecnológicos que solo nos van a acompañar una pequeña parte del trayecto vital es una falacia que nos aparta de la acción necesaria de encontrar nuestro eje. En este eje está nuestro equilibrio y, en este equilibrio, está la capacidad de aplacar las emociones desbordadas que provocan gran parte de nuestra infelicidad.

La sucesión de casos de violencia de cualquier tipo, el abuso sobre la naturaleza en general y sobre toda aquella forma de vida diferente al ser humano muestra nuestra incapacidad evolutiva de trascender el ego que nos sitúa como reyes, en vez de como hermanos.

La competitividad fomentada desde nuestras más tempranas edades entre amigos, entre familias o entre pueblos produce avances relativos en marcas de identidad individual. Con el discurrir de los años carecerán de sentido absolutamente. Seguimos enlazados con la historia como eje de nuestras raíces, sin darnos cuenta de que la historia se está escribiendo a cada instante, y que cada instante posee el potencial de modificar el universo que nos rodea si regresamos al presente constante, ese en el que se encuentra cualquier posibilidad de equilibrio.

La competitividad, el deporte de ganar o perder, la necesidad de encajar victorias y derrotas nos muestra que no hemos dado aún el paso definitivo para asumir la necesidad de equivalencia que tenemos en el corto trayecto presencial de nuestra existencia. Cuando volvamos al germen de nuestra energía, cuando la estela que hemos dejado en nuestro camino ilumine franjas meritorias para que prosperen los valores anhelados, solo entonces podremos caminar juntos ayudándonos frente a las adversidades personales.

El amor debe ser la única vía de nuestra evolución. El trabajo con amor, la amistad con amor, la creatividad con amor, la ciencia con amor, nos llevarán al puerto del crecimiento humano verdadero. Este potencial está profundamente arraigado en nuestra naturaleza. Para su emergencia solo necesitamos creer profundamente en él. Dar por sentado que no hay que esperar futuras fórmulas que nos aproximen al ideal, el ideal existe dentro de nosotros mismos y solo requiere la fe necesaria en su potencia como eje de la vida.


Vivir. La libertad de decidir

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Qué maravillosas propuestas imaginativas nacen de nuestra sociedad. Sin duda, vivimos en un mundo de colores, de formas, de bellas inspiraciones reflejadas en las manos de tantos y tantos artistas que han publicado la imagen corporativa de nuestra cultura.

Quizá, la justa medida de las cosas suele reconocerse como el óptimo equilibrio entre exceso y carencia en lo que a lo social se refiere.

Sin embargo, nuestra sociedad híper evolucionada, ha configurado el arte en un sentido que nubla la vista de la belleza real de las cosas, para propagar a los cuatro vientos las tendencias que, como corderos entrenados, deberíamos todos y todas seguir.

La necesidad de la belleza resulta innegable como elemento consustancial a las pautas de placer en la que nuestras mentes se enjuagan los pesares de la vida.

Pero hay gustos para todos y la pluralidad de lo que concebimos como bello, pasa por tiempos angostos. La moda se siente ultrajada con tanta tendencia globalizadora en los conceptos de lo bello.

Modas hubo siempre, modas habrá, pero ¿dónde queda la tolerancia a lo extravagante?, ¿dónde quedan los retazos de rebeldía que permiten la apertura a nuevos conceptos y evoluciones en el terreno de lo bello?

Si nos centramos en analizar las repercusiones que este tipo de golpes de estado dictatoriales coloreados tienen sobre la psique individual de las personas, veremos que el panorama exige esfuerzos para mantenerse libres frente a tanta presión mediática.

Vivimos los tiempos de la información inmediata, de la información a raudales voluntaria o inevitable, natural o estudiada. Son tiempos muy peligrosos para la originalidad  y para el establecimiento de puentes que hagan evolucionar nuestras culturas desde el presente a bellos futuros imaginados.

Quizá estemos cansados de la anorexia como expresión obligatoria de un canon de belleza impuesto por gente sin cabeza. Quizá estemos hastiados de que nos marquen una y otra vez cómo tenemos que vestir, cómo tenemos que hablar, cómo tenemos que escribir, cómo tenemos que vivir. ¿Hay algo más terrible que la palabra “estilo de vida”?, ¿qué es realmente la libertad si no un proceso mediante el cual el individuo, simple y llanamente, decide?

Este artículo no es un manifiesto contra las opciones, contra la publicidad, contra el marketing. Quizá es tan sólo una invitación a reflexionar sobre los argumentos de decisión que nos quedan cuando, quién pretende vendernos tal o cual imagen, ha estado estudiando durante un tiempo impreciso todos los elementos para que nuestra decisión se decante inevitablemente en la dirección que a él le pueda interesar.

No podemos omitir el sistema en el que nos encontramos inmersos, ni negarlo como una de las mejores opciones de las que podríamos tener. Pero sí necesitamos una evolución de conciencia que vaya a la par de la evolución de las técnicas de marketing que intentan insertarnos el virus de la tendencia, para que no podamos o sepamos decidir.

Quizá el canon de belleza sea algo inherente al ser humano y lo que está ocurriendo no es más que parte de un proceso inevitable de nuestra especie. Aunque la pluralidad manifestada en el crisol cultural que compone la humanidad apunta en otra dirección.

Aceptemos la relatividad de lo bello como norma para entender que deberíamos evitar algunos elementos nefastos para nuestra capacidad de decidir. La televisión como máximo artífice del estropicio o las revistas, que inundan de publicidad condicionante sus escasos contenidos, deberían ser descartadas como puntas de referencia informativa, como opciones que acaparen tanto espacio de nuestro tiempo.

Quizá podamos propiciar un cambio en el sistema manteniendo inalterable nuestra capacidad de decidir y creando mecanismos sociales que nos protejan frente a tanta implantación psíquica.

Esto podremos lograrlo desde la educación, desde el arrostramiento a la imposición estilística como modo de afirmación de nuestra libertad de ser singulares sin prejuicios, desde la cultura del respeto por las libertades de todos y todas a decidir su estética y, sobre todo, incentivando aquello que más nos guste desde el enfoque de un pensamiento lo más libre posible de condicionantes.

Es hora ya de reivindicar nuestra libertad para ser como somos sin que nadie nos tache de gordos, de feos, de extravagantes, de desentonados, es hora de reírnos a carcajadas y de ser libres y felices.


Miedo, sociedad y práctica marcial

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Reflexionando sobre la realidad actual de las artes marciales, y a colación de un comentario que me hizo un buen amigo la semana pasada, me planteo preocupado las motivaciones que están movilizando hoy en día al practicante habitual de artes marciales de cualquier estilo.

Un simple vistazo a las explicaciones que nos dan algunos futuros alumnos al aproximarse a la escuela interesados por el Kung Fu o por los sistemas de autodefensa, nos revelan algunos aspectos que se están manifestando de forma creciente año tras año.

Alejándonos del alarmismo al que se prestan este tipo de reflexiones y, sobre todo, aplicando el positivismo que cualquier entidad problemática debería exigir en su debate, la eterna tendencia a simplificar e identificar la causa única que nos lleva a una situación determinada nos apunta a un responsable de mil caras: el miedo.

¿Por qué tenemos tanto miedo? No enumeraré la lista de evidencias que nos sitúan en el plano del miedo solapado. No un terror como el de una guerra o el pánico previo a un desastre natural desproporcionado; hablo de un miedo infiltrado, casi imperceptible. Un miedo fijado en pequeños mensajes que hacen, poco a poco, mella en nuestra visión global de la vida y van configurando las contramedidas que deberíamos establecer para hacer frente a esos sutiles riesgos.

Las artes marciales siempre han sido identificadas como un mecanismo de fuerza, de poder ante la desigualdad, de recursos para vencer los límites que, enmarcados en injustos valores, amenazan la individualidad y libertad del individuo.

El problema no es esencialmente tan directo. Este miedo al que me refiero es consustancial a nuestra dificultad para el autoanálisis. Está ligado a una cultura de la seguridad y a un auge inmediato y creciente de los aspectos que individualizan la entidad humana convirtiéndonos lentamente en procesos temerosos de perder, pero ¿perder qué?

La idea de pérdida es el reverso de la moneda de la posesión. Sólo podemos perder lo que poseemos, aunque eso que supuestamente poseemos, no sea más que una ilusión temporal.

El enfoque de prepararse para afrontar los terribles posibles acontecimientos de la vida, es una de las causas directas que llevan al practicante no iniciado a presentarse ante una escuela de artes marciales, en la intuición profunda de que debe hacer algo para subsanar esta situación de temor.

Quizá el miedo actúa en este caso empujando al individuo a una posible solución, aunque la interpretación psicológica de las causas y objetivos del entrenamiento, así como las referencias que le informan sobre el contenido real de la práctica marcial estén completamente falseadas.

Llegamos a la práctica desde el miedo, desde muchas variantes en intensidad y tipos específicos de miedo. Y, llegados desde el miedo desconocido, no localizado realmente, planteamos un orden de expectativas y acontecimientos derivados que deberían desembocar en unos objetivos a corto, medio e iluso plazo. La realidad de la práctica nos pone rápidamente en antecedentes de nuestra profunda equivocación.

Pensamos que, al iniciar el entrenamiento, con unas técnicas secretas bien aprendidas, podremos enfrentarnos a ese individuo que nos asusta en el trabajo, a ese competidor que pretende llevarse a nuestra novia, a esos maleantes que ya han asaltado tantas casas de nuestra urbanización. También pensamos que podremos sorprender y deslumbrar al público de nuestra película personal cuando seamos capaces de reducir, de un solo golpe, a todos aquellos que se enfrenten a nosotros o que comentan una injusticia que nos enmarque definitivamente como los dignos sucesores de personajes de película. No podemos dejar de mencionar la ilusión de sentirnos realmente guerreros capaces de enfrentarnos a los más difíciles contrincantes para alcanzar la gloria que nos pertenece realmente por derecho de nacimiento.

Todas estas referencias cinematográficas que inundan nuestro pensamiento desde que vamos por primera vez al cine o desde que encendemos la televisión para dejarle hacer su trabajo de inducción constante y perseverante, son realmente las referencias que nos aconsejan el acceso a este nuevo contexto marcial plagado de futuras glorias.

Detrás de todo esto también se esconde una necesidad de reconocimiento social, reminiscencias infantiles de la necesidad de llamar la atención para aportar a nuestro ego definido valores añadidos, valores que nos coloquen por encima de los demás seres en el escalafón social que pretendemos.

Realmente estamos hablando de miedo. Tememos ser irrelevantes en el mundo. No aceptamos la insignificancia del ser humano con respecto a la creación y pensamos que aquello que nos haga resaltar, realmente nos proporciona el crecimiento que intuimos necesario.

Sin embargo, cuando comenzamos a practicar un arte marcial, en un contexto profundo, la primera propuesta es sentarse en silencio y escuchar interiormente los movimientos reales que nos afectan. ¿Cómo? ¿Qué hago yo sentado en silencio en vez de estar lanzando a gente por los aires o musculando mi cuerpo hasta el límite de la curva mientras el sudor nubla mi mirada?

No, la invitación principal es a entrar, entrar en la escuela y, por supuesto, entrar al interior real de nosotros para comprender qué motiva realmente nuestra necesidad de seguridad. En qué fragmento de nosotros debemos ubicar nuestras expectativas y objetivos con nuestro espíritu como único testigo de los cambios que se van a producir.

Renunciamos a la expresión externa. Volvemos la mirada hacia el interior para comprender nuestros límites reales de acción. Entendemos que la esencia del problema es identificarnos, a través de nuestro falso yo, con el mismo problema del que pretendemos escapar. Queremos sentirnos seguros, queremos ser felices y aceptados, queremos una vida tranquila pero excitante y plena a la vez.

Estas demandas son normales y lógicas. El hombre es una partícula divina deteriorada por su propio miedo a autodescubrir su inherente divinidad. Somos parte de una creación maravillosa que se plantea a si misma ser o no ser. El universo entero se materializa en forma de consciencia en nuestro sistema nervioso, fluye en nuestra sangre, se endurece en nuestros huesos y ama en nuestra sonrisa.

No hay batallas que ganar ni torneos en los que demostrarle nada a nadie. Hay una gran guerra interior por entender y aceptar algo que cada vez se convierte en más complejo y espeso. El contexto social que tantos egos han acabado definiendo resulta un espacio de difícil habitabilidad. Las normas, las leyes, el enfoque en general se puede mejorar sólo si cada uno de nosotros es capaz de descubrir su real sentido.

Cuando entrenamos, el proceso del entrenamiento es un camino en el que nos encontramos con todo esto. Accedemos a conocer nuestros límites físicos y caemos de la irrealidad de nuestra posibilidad de vencer a decenas de asaltantes o de levitar en profunda meditación. Con los pies bien posicionados en el suelo, la práctica marcial nos enseña a enraizar con la tierra, nos muestra la maravillosa esencia creativa del ser humano y la posibilidad de realizar la vida con delicada belleza y profundo respeto por lo existente. El compañerismo, los valores y el código moral que existen dentro de una sala de artes marciales contrastan mucho con los intereses económicos de las organizaciones que deciden qué se puede y qué no se puede hacer.

En el entrenamiento, el individuo es libre de decidir hasta qué profundidad de si mismo quiere acceder. Se enfrenta a la solitaria realidad compartida desprovista de más lazos que nuestras propias decisiones. Somos lo que decidimos ser y con las artes marciales aprendemos a manifestarnos y a disponer de los mecanismos que actualizan, regulan y potencian nuestra energía para hacerlo.

La asociación realmente es un recurso más de las personas para mejorar sus condiciones de vida, pero no a costa de la individualidad y singularidad profunda de cada manifestación humana. El individuo es personal, único, exclusivo. Cada vida es un milagro y la inversión de tiempo que hacemos en aprender, desarrollar, interiorizar y ejecutar correctamente técnicas marciales es una forma de disponer de un mecanismo interior que nos arrebata el miedo de cualquier tipo porque la mayor parte de nuestras inseguridades vienen de nuestra creencia de no poder superar las trabas que nos pone la vida por delante.

La valentía que nos plantean las filosofías impregnadas en cada estilo marcial es la de la definición y decisión de nuestra realidad individual y la aceptación, tanto de esta realidad como del lugar que ocupa en el contexto en el que se expresa. Es abrir la puerta al trabajo interior pendiente por muy duro que parezca. Es tener claro dónde está nuestro espacio real y hasta donde podemos permitir que la sociedad y todas las personas que la constituyen dirijan nuestra existencia.


MODAS Y TRADICIÓN

 

El Tai Ji Quan no escapa a la realidad del presente social en el que se desarrolla su evolución. Modernidad y tradición conviven a duras penas en una sociedad que, pese a todo, se esfuerza por desalentar la búsqueda en lo pasado a la vez que, por encima de todo, se centra absolutamente en las posibilidades que nos ofrece lo futuro.

Los antiguos maestros entendían que pasado y futuro no son más que una ilusión que interrumpe el presente real en el que sucede nuestra vida. La tradición como elemento que nos recuerda un contexto histórico diferente y la modernidad como un espacio plagado de oportunidades para la evolución.

Sin embargo, cuando tratamos de artes marciales, parece que todo aquello que se puede situar en el plano de lo tradicional a veces es garante de ortodoxia incorrupta y todo lo que intenta modernizar esa tradición pasada es una herejía sin bases ni fundamentos históricos que lo justifiquen.

El problema de base es sacar las cosas de su contexto real. Modernidad y tradición son dos espacios que deben cubrir la parte que les corresponde dentro de la línea evolutiva del arte.

Muchos practicantes señalan el mayor realismo de los estilos antiguos frente a la lucha por las circunstancias en las que la evolución de dichos estilos tenía lugar. Desde esa visión, la aparente ausencia de retos entre maestros en la actualidad configura un clima evolutivo irreal en el que, aparentemente, la nueva visión del arte se va distanciando de la realidad marcial que lo gestó.

Es cierto que la introducción de novedades en las estructuras y técnicas de un estilo tienen mucho que ver con el contexto social, político, religioso, filosófico, etc., en el que se desarrolla el presente continuo del sistema. También es cierto que, las transmisiones familiares no han sido en muchas ocasiones una garantía de imperturbabilidad de la ortodoxia marcada por el creador o impulsores de un estilo determinado.

Ciertamente esta dicotomía tiene un lógico sentido en su existencia pero también entraña una reflexión de fondo en la que todos los practicantes deberíamos caer. Los antiguos maestros no transmitían el 100 % de su estilo a sus discípulos por muchos motivos. Algunos citan que el motivo de esta medida radicaba en la necesidad de reservarse técnicas que le permitieran defenderse de su alumno si éste se sublevaba. Otros apuntan a la necesidad de que el arte en cuestión evolucionase y, en manos de los alumnos que habían comprendido los principios fundamentales del sistema, la tarea se convertía por lo general en una adaptación de la tradición a la realidad del presente: convivencia con otros estilos, seguridad en la sociedad, migración a otros lugares de orografía y climas diferentes, legislación, evolución moral, etc.

Los grandes maestros eran conscientes de lo limitado de una vida para la evolución de algo tan profundo como las artes marciales. En su humildad comprendieron que sus obras podían ser evolucionadas por otras personas hacia la realidad que les ocupara en cada momento de la historia. Esa evolución debería ser guiada con fidelidad hacia los principios del arte y, por otra parte, debería adaptarse a la realidad histórica que justificase la necesidad de su existencia.

 




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