Facebook Twitter Google +1     Admin

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

La compleja simplicidad de la vía

20111226145959-paciencia.jpg

La complejidad aparente define el comienzo del viaje. Comenzamos percibiendo el volumen de la obra, la magnitud de la creación ante la que nos encontramos. Vislumbramos la imagen de una catedral inaprensible y, ligada a ella, sentimos una gran sensación de incapacidad creativa instantánea, inmediata. Conscientes de la dificultad para comprender en su totalidad lo que tenemos delante nos dejamos arrastrar por su atractiva magnitud.

La complejidad general de su estructura y la perspectiva de tener que afrontar un aprendizaje enorme en una eternidad de minúsculas porciones, garantiza la opción del desaliento a aquel que navega en las aguas de la impaciencia, un mal común en nuestros días.

Es por esto que esta cualidad, la paciencia, es el primer requisito exigible a quién pretende abordar este camino en paralelo con su vida. Para exigirla, para entender que no es un castigo premeditado inicial sino que se trata de una prerrogativa indispensable para afrontar con éxito las dificultades y procedimientos propios del camino a recorrer, debemos ahondar en sus formas y pilares, en aquello que la fundamenta y que puede y debe inculcarse en la base fundamental de todo arte marcial. Disponer de este primer apoyo es fundamental en un contexto en el que, por defecto, la carencia será la regla sin excepción.

La paciencia, como cualidad humana, necesita alimentarse, refinarse y fomentarse en la medida que, siendo un innegable esfuerzo, una parte de la tendencia acomodaticia de nuestra mente puede acabar alcanzándola y derribándola antes de que la hayamos asentado como una característica eje de nuestra personalidad marcial y humana.

La paciencia será claramente el resultado de una motivación real, no ficticia, que alimente y defina nuestra búsqueda en este territorio por explorar.

Esta motivación real no se basa en una  imagen idílica, no se soporta en un modelo cinematográfico de corta duración que excite nuestras imágenes arquetípicas del héroe, lastrando el resto de nuestra personalidad a ese fundamento parcial. No puede ser fruto de una emoción de base o de perversiones como el rencor, la ira, la envidia o tantas otras expuestas por sistema en historias escritas o filmadas. Estas emociones se agotan en la medida en que nuestro camino va en otra dirección y, por lo tanto, dejan de tener el alimento que las mantenga, decayendo entonces nuestra virtual motivación y, por defecto, nuestra paciencia para afrontar una práctica que perderá entonces toda su razón de ser.

Esta motivación natural se nutre de comprender el real sentido de lo que vamos a hacer a lo largo de este aprendizaje, de comprender el sentido de sus fases, de sus tiempos, de nuestras capacidades y las necesidades de transformarnos para adaptarnos a un mensaje físico, mental y energético diferente.

 La práctica marcial nos va a mostrar inicialmente nuestros límites. Aceptarlos será un primer paso para comprender el proceso constructivo y evolutivo que significan en su conjunto las artes marciales.

 A partir de estas premisas, aceptando nuestros límites, vislumbrando la longitud vital del camino, comprendiendo la necesidad de ser pacientes y construyendo esa paciencia con una motivación inquebrantable sustentada en el sentido correcto de nuestra búsqueda, sólo entonces podemos hablar de una iniciación en esta práctica ancestral.

Este primer periodo de asentamiento, de fijación de bases, de comprensión de límites es una ruta ascendente que nos muestra con dureza esta primera parte del viaje, esta primera cima que escalar en la que, culminada, nos encontraremos con un Yo que desconocíamos pero que identificamos como lo más esencial de nosotros. Desde allí la visión del camino es diferente, observamos la longitud, las posibles dificultades, pero vemos también el horizonte de nuestra búsqueda y los lastres que arrastramos.

Comienza entonces un camino de regreso interior en el que el esfuerzo inicial de comprender el conjunto global desde sus primeras técnicas básicas, hasta llegar  a dominar el volumen preestablecido de ellas, se va invirtiendo en una constante visualización de la simplicidad implícita en cada gesto complejo, en descubrir cada patrón escondido que se reproduce modificado en cada peculiar prisma de un contexto mutable. Coleccionar en lo más profundo de nuestro ser esos patrones, relacionarlos, y contrastarlos con las imágenes tridimensionales de aquella catedral original,  nos ayudará a convertir nuestro ser en una réplica interna absoluta de ella, un modelo en el que nuestra individual conjetura modificará de forma efectiva la colocación de cada columna de esta edificación, todo ello sin corromper las leyes naturales de soporte y acción que nuestra intuición ha descubierto año tras año en el proceso del entrenamiento. En ese momento el ser y el arte se funden en una única corriente que fluye en la dirección inevitable de un destino decidido.


Alumnos y maestros II

20111213120806-discipulo.jpg

Quién no ha buscado a lo largo de su vida un guía que le ilumine el camino, una referencia que le aporte a su vida un equilibrio externo en el que apoyarse. En la antigua tradición marcial china, ese papel le correspondía a una figura de la máxima importancia: el maestro. Un guía que anticipaba una dirección, un ayudante para la capacidad individual de decidir, de tomar la opción correcta de las muchas que la vida nos plantea constantemente.

Esta guía cumplía una función fundamental de educación y tenía, como todos los procesos educadores, un principio y un fin. Este principio estaba definido por una necesidad primordial y el fin tenía mucho que ver con la superación personal del alumno que, satisfecha esa necesidad inicial de conocimiento y guía, se enfrentaba a la vida atendiendo a los dictados de su naturaleza. Este final se producía con una idea clara en la cabeza de lo que constituye la convivencia entre las personas, de lo que significa el conflicto interior y el conflicto exterior, de las líneas convergentes de la naturaleza humana y de todo aquello que nos aleja de ese concepto, único medio para que la trascendencia personal fuese una realidad.

La aceptación de la necesidad social del Ser, la comprensión clara de que solos no llegamos a ninguna parte y que, en esa convivencia imprescindible para desarrollar la idea humana, era fundamental desarrollar la capacidad de dar y de recibir.

Esta comprensión era transmitida generación tras generación en contextos con una amplia gama de matices en los que la personalidad se manifestaba afinando la realización natural profunda y su necesidad de ajustarse a un entorno concreto, un medio cada vez más poblado y a veces hostil.

Las artes marciales en su conjunto adquirieron este modelo de transmisión de maestro a discípulo y contenían una serie importante de recursos filosóficos, técnicos, morales y físicos para que el discípulo aprendiese a valerse por sí mismo, con unos fundamentos humanos sólidos, una capacidad de comprender con claridad lo justo y lo injusto disponiendo de procedimientos para equilibrar su medio, tanto físico como mental, en situaciones desequilibrantes o injustas para sus preceptos fundamentales.

Esta virtud moral, filosófica, física y marcial se traducía en la manifestación de un exponente humano de las enseñanzas de una escuela, un ejemplo para la sociedad que permitiese a lo social pervivir frente a lo individual como un reflejo de la idea que ha permitido al ser humano sobrevivir a las inclemencias de la naturaleza.

Esa relación con el maestro tenía un tiempo limitado y, sobre todo, un proceso de convivencia basado en el respeto absoluto a las enseñanzas del maestro.

En la entrada del siglo XXI en la que nos encontramos, esta relación maestro/discípulo se nos presenta como un reflejo de una idea romántica anacrónica. Algunas escuelas mantienen esta tradición como parte de un legado que no puede ni debe desestimarse frente a los retos a los que se enfrenta la moderna humanidad.

La fuerza divergente del individuo estará presente siempre como antagonismo de nuestra capacidad de confluir sin que ambas potencialidades sean, por si mismo, elementos negativos para nuestra conducta. El exceso de separación puede ser tan dramático como el exceso de unión. La justa medida del espacio queda definida en la simbología tradicional china del yin y yang como elementos interactivos que mantienen su peculiar forma y distancia, una como un reflejo inverso de la otra, pero conteniendo el germen que permite la comprensión equilibradora de su opuesto.

En la relación maestro alumno se reproduce el proceso completo de la creación en el que la unión, el encuentro supone un parto a una nueva vida con una leyes propias y con una dirección inamovible en la que, tanto el alumno como hijo y el maestro como padre, aceptan un rol de dar y recibir en distintos niveles. El maestro impronta el eje de equilibrio y conocimiento que el alumno necesita para enfrentarse positivamente a la vida. El alumno a su vez le muestra al maestro que la naturaleza es mutable, que la tendencia divergente hacia lo propio, lo exclusivo, el ego, es una realidad perenne que nos acompañará hasta el final de nuestros días. El maestro comprende la necesidad de dar desde el corazón y el alumno aprende a recibirlo en el mismo espacio para gobernar su constante intento por imponerse desde la inexperiencia. El contraste entre las experiencias de ambos roles forma parte de la indisoluble comunicación que debe establecerse entre el padre y el hijo en el camino.

Esta relación debe entenderse siempre en esta justa medida de respeto de espacio y de la naturaleza individual de cada uno de ellos. El maestro, en su proceso de no invadir a su alumno en términos de posesión y de dominio, le muestra que el acto de dar los frutos de la propia experiencia no reviste ningún pago posterior, no está supeditado a la deuda de pleitesía que algunos falsos maestros imponen a sus alumnos. Esta práctica nefasta, y por desgracia tan común, termina generando una forma extraña de esclavitud en la que falta por completo el compromiso de ayudar a que las personas alcancen la libertad del conocimiento propio y de la gestión personal de todo aquello que llega a su mente y a su corazón.

El alumno por su parte respeta la dedicación del tiempo vital de su maestro que regala este espacio de su vida a volcar su comprensión en la medida justa del recipiente humano de su alumno. Esa tarea comprensiva, a veces equivoca los requerimientos exigentes en los que pueden caer algunas personas que también exigen un pago por su dedicación en el aprendizaje. Una exigencia que, en algunos casos, puede llegar hasta el inconcebible juicio por la vida personal de su maestro, un juicio que irrumpe de lleno en el espacio individual del maestro al que el alumno no debe acceder, un espacio común inviolable en ambas direcciones.

En un mundo plagado de imágenes e ideales, es fácil confundir estos roles como estructuras de intercambio contractuales en las que se puede contraer una deuda insoportable que hará que, finalmente, la separación inevitable de maestro y discípulo ocurra en circunstancias negativas, algo que puede acompañar a ambas personas como un lastre el resto de sus vidas.

El periodo de este aprendizaje no debe prolongarse más de lo necesario. De ser así, es muy probable que estos problemas anteriormente mencionados, tengan más fuerza para imponerse y provocar este desastre. Algunos maestros hablan de un mínimo de 3 años y un máximo de 5 años en los que el alumno acepta sin discusión las enseñanzas. A partir de ese periodo, toca enfocar con valentía la vida, la experiencia personal con lo aprendido, la realidad de nuestra responsabilidad personal de asumir los compromisos que nos corresponden como seres humanos individuales y sociales.

A partir de ese momento, de esa despedida, la relación entre ambos se convierte en una forma de amistad duradera en la que el respeto mutuo y el diálogo interactivo, sin imposición, serán un garante de convivencia y armonía en las otras facetas del camino.

El maestro se convierte en ese momento en un pozo al que acudir para reafirmarse, para concretar, para pulir cualquier arista de nuestra personalidad que ha quedado pendiente de definir. Cada encuentro se convierte en un momento feliz de concurrencia en el que padre e hijo se reencuentran y se reconocen el uno en el otro, no como clones ni obras personales, sino como personas libres que piensan y actúan en equilibrio aportando estas dos característicos a una sociedad que las necesita con urgencia.



¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

Alumnos y maestros

20111012220233-changchun-temple-master-and-disciples-painting-0316.jpg

La tradición marcial china ha heredado de la cultura social de su pueblo la configuración de las relaciones internas entre sus practicantes. Estas relaciones se han interpretado desde nuestra cultura occidental como una reminiscencia extrañamente tallada similar a un sistema feudal en términos de vasallaje.

Las épocas en las que se gestaron estos modelos marciales, la singularidad de los clanes que ostentaban la tradición, los modelos de práctica, el desarrollo de los sistemas, las fórmulas de transmisión y, por qué no señalarlo, el casi constante estado de guerra del pueblo chino hasta la constitución de la República Popular China en el año 1949 así como la posterior militarización de la población en su orden político, asentaron un modelo de relación interna entre estos clanes familiares muy similares a los de un régimen militar tradicional propio de la edad media.

La jerarquía social vinculada al culto a los ancestros, el proceso de refinamiento acorde a las leyes del cielo y el referente moral que vincula al individuo en compromiso con aquello que el cielo le ha encomendado para alcanzar la virtud general que le posiciona por delante de los Xiaoren o pequeños hombres, son algunas de las premisas confucianas heredadas por la tradicional marcial. Eco de estas premisas es el Wude o virtud marcial que aglutina una serie de principios fundamentales que debe mantener el Wuxia o caballero que practica las artes marciales.

Esta necesidad de implantar la visión de la virtud en los modelos de relaciones sociales en las escuelas de las antiguas tradiciones marciales queda excluida, casi por completo, en los modernos sistemas denominados «marciales». La justificación de esta exclusión es muy variada.

En la relación maestro-discípulo, vamos desde la crítica al anacronismo de unas relaciones serviles del alumno para con el maestro, hasta el sin sentido de nombrar a un segundo padre como guía de una vida en la que, por orden natural, acabamos descartando hasta a nuestros reales padres biológicos.

En la relación entre los alumnos nos quedamos con la necesidad de establecer órdenes competitivos que fomenten la motivación de un alumno cuyo estado natural es la desmotivación.

Si sumamos a estas justificaciones la integración e identificación de las artes marciales en el paquete ordinario de la mera práctica deportiva, el maestro se termina convirtiendo en colega entrenador, el hermano de práctica se convierte en el deportista a superar y el sagrado territorio de la práctica se convierte en un «gimnasio» en el que se combinan el espíritu de las antiguas tradiciones con sesiones de una nueva versión de gimnasias de moda inventadas progresivamente para estimular el uso del producto comercial que representan.

Como artistas marciales debemos preguntarnos qué buscamos realmente con nuestra práctica. Todo lo que tenemos a nuestra disposición, instalaciones, profesores, compañeros, modelos y estilos, todo está realmente pendiente de nuestra interpretación y de nuestro deseo profundo de darles un sentido coherente.

El profesor no es un autónomo al que contratamos parte de su tiempo y pagamos para que nos instruya en los elementos que necesitamos para superar a los demás. No es un tendero y nosotros sus clientes. No es nuestra propiedad. Nos encontramos con una persona que nos entrega un momento de su vida en el que confluyen todos sus conocimientos y experiencias adquiridas tras muchos años de entrenamiento, lesiones, gastos enormes en formación, batallas personales por dedicarse a aquello que le dicta su naturaleza y responsabilidad con la materia que aborda.

Igualmente, el alumno que decide entrenar artes marciales no es un deportista o un mero aficionado. No aprendemos un arte tan difícil como resulta ser cualquier estilo tradicional, que nos exige una revisión a fondo de nuestros principios morales, físicos, mentales y espirituales, para ir por los circos dando saltos entre payasos y titiriteros, sin menospreciar estas dos honorables profesiones.

La espectacularidad visual de algunos estilos y su enfoque deportivo basado en una estética atractiva confunden habitualmente a los testigos del arte en su justa apreciación. El artista marcial crea una obra enorme dentro de sí mismo a través de la transmisión milenaria que aborda cada vez que pone un pié en su escuela. Olvida el universo entero para centrarse en la palabra que su maestro le regala como una píldora sagrada que le permita vislumbrar con exactitud la realidad de lo que pretende aprender. El practicante de artes marciales decide asumir la vida instante a instante con un modelo espiritual de lucha incansable y de autosuperación ante las inevitables adversidades de la existencia, preparando cada momento de su vida para ser plenamente consciente de él.

Cuando aprendemos a respirar, a organizar nuestras emociones, a colocar nuestras articulaciones y nuestros músculos en las posiciones que la técnica nos brinda, cada vez que iniciamos estos procesos, estamos entrando en un mundo de regulación rigurosa de lo más profundo de nuestro ser. Estamos acercándonos a entender el sentido del instante presente como única realidad constatable de nuestro sentido vital.

En ese instante, nuestro compañero se convierte en el alma afín que nos ayuda a entendernos a través de aquello que no podemos contemplar en nosotros mismos, se convierte en el otro que sacrifica su mentira para centrarse en su verdad y aporta la confortable camaradería de quién nos valora por similitud espiritual, acude a una cita a la que nosotros también acudimos y se centra en su búsqueda de la misma forma que nosotros lo hacemos. En ese instante las diferencias entre él y nosotros no son más que palabras, el orden general de la sesión nos unifica como lo que realmente podemos llegar a ser gracias a la sabiduría del maestro que nos guía.

Ese maestro es el que se enfrenta a la dura tarea de plantear una realidad no virtual, el que establece una comunicación directa sin conexiones intermedias, el que nos invita a conocernos en realidad sin imágenes falsas reproducidas de una película, el que nos muestra el sendero de la realidad que supone caer y levantarse para volver a caer y volver a levantarse sin que merme la sonrisa.

Ese maestro está en nuestro interior, en lo más profundo de nuestra mente y de nuestro espíritu. Cuando reflejamos esa idea en la persona que nos enseña, le estamos dando tanto como ella a nosotros. Lo estamos ayudando a ayudarnos, estamos viviendo la práctica con un sentido real y generoso, con una gran humildad y un amor profundo por la práctica que ha perdurado en los siglos.

Toda realidad parte de nuestra mente. Si dejamos que la inmundicia que inunda nuestra sociedad económica y superficial contamine la imagen que queremos tener frente a nosotros dirigiendo cada instante de una sesión de práctica, estaremos matando el sentido que nos guía para finalmente comprender que, por más que buscamos al maestro, sólo nos encontramos con personas. Esas simples personas que esperan a que cada uno de nosotros vea en ella esos elementos que realmente buscamos. En ese momento y en el momento en el que el maestro siente a sus alumnos con esta visión, él les regala la visión sincera de estar frente a un grupo de amantes de la vida y de la verdad que no difieren en absoluto de los que abordaban el entrenamiento en cualquier clan familiar del siglo XVIII. Nosotros tenemos el poder real de cambiar las cosas, siempre decidimos si creamos o destruimos, siempre podemos ser felices pese a todo o ser infelices ante todo.

Las relaciones entre los practicantes de una escuela, entre ellos y sus maestros, son el fruto de un compromiso personal, individual, no vinculado a egos o a dominios, no suscrito por terceros. Son un territorio sagrado en el que la generosidad común es capaz de generar un espíritu que brille por encima de la oscuridad que nos está cegando la vista. Como artistas marciales no competimos, no somos un espectáculo, no compramos o vendemos, no criticamos, no desfallecemos,… crecemos y lo hacemos cada vez que entre las luces y las sombras optamos por brillar.

Las artes marciales son un camino, un camino que recorreremos el tiempo que queramos, un camino que puede ser una guía útil para la vida y para el sentido de la vida. El maestro estará allá donde queramos verlo y nuestra condición de alumno o cliente dependerá absolutamente de nosotros y de nuestra capacidad de ser humildes, sinceros y justos. Quizá estas tres sean las únicas normas de relación reales que conforman el espíritu de las artes marciales tradicionales.


Dos sencillas premisas

20110919140946-colaboramos.jpg

Algo tan aparentemente complejo puede resultar extremadamente simple si somos capaces de concentrar el enfoque de nuestra perspectiva hacia un aspecto fundamental de nuestra existencia.

El ser humano busca, sobre todas las cosas, ser conscientemente feliz. Una felicidad consciente sujeta a un requisito fundamental: ser socialmente libre sin que esa libertad afecte a la felicidad consciente de nadie de forma negativa.

Podríamos remarcar estas dos afirmaciones como la idea central de nuestra existencia enfocada hacia el bien y hacia un sentido razonable de vivir.

Lejos de quedarnos en las palabras, debemos reflexionar profundamente sobre estas dos ideas para clarificar, si conocemos la felicidad, si somos realmente conscientes y si todo ello ocurre en un entorno en el que podemos expresar con libertad la esencia de nuestra persona.

Por desgracia, el entorno en el que actualmente nos encontramos aún no ha llegado a ese punto. Es fundamental entender que quizá la convergencia de nuestra evolución hacia esos parámetros depende absolutamente de nuestro esfuerzo por establecer estas leyes en lo más profundo de nuestra búsqueda personal.

Para lograrlo necesitamos aceptar nuestra colectividad, aceptar que no estamos solos y que nuestra supervivencia en esta naturaleza ha dependido siempre de nuestra capacidad para organizarnos como grupo y asumir, desde ahí, las vicisitudes que nos afectan.

Todo ello pasa por lograr un estado de conciencia elevado, un estado en el que seamos capaces de distinguir la felicidad del sufrimiento, asumiendo las dos caras de esta moneda en una sociedad egoísta, pero entendiendo que podemos renunciar individualmente a este egoísmo imperante.

 Otro problema de nuestro grupo humano es la magnitud demográfica que hemos alcanzado. Una magnitud sin parangón en ningún estrato conocido de nuestra historia. La cantidad de personas y sus complejidades individuales hacen muy difícil establecer un gobierno propio que esté a salvo de los egoísmos que nos rodean, egoísmos insensibles a cualquier mensaje que les invite a evolucionar su conciencia hacia una empatía social positiva.

Estando así las cosas resulta complicado afrontar un enfoque transformador en nuestra sociedad que nos augure un destino feliz. Como siempre no nos queda más fuero que el propio, ni más objetivo en nuestras vidas que centrarnos en ellas y en lo cercano que nos rodea. La asociación de afines puede dar una potencia positiva a este impulso, pero resultará fundamental que esta reunificación de un colectivo que presione con estos valores humanos no naufrague en los pozos inevitables que toda estructura de volumen acaba desarrollando por debilidades de principio.

La organización libre y decidida a transformar la sociedad debe partir de una educación absolutamente enfocada desde las dos premisas inicialmente expuestas. Eso significa erradicar el elemento competitivo como motivación jerarquizante de los logros evolutivos personales. Eso requiere una entrega absoluta del educador a la transmisión desde el ejemplo de su propia evolución personal, una evolución en la que decidimos desde nuestra libertad social de elegir sin egoísmos y conscientes de la necesidad del bien común.

Algunos piensan que hay que dejar que la naturaleza del ser humano se manifieste como le apetezca desde las edades más tempranas, craso error que nos desvincula como guías adultos de las generaciones venideras y que tira a la basura cualquier experiencia positiva que pudiésemos transmitir como elemento de compensación al caos social en el que existimos. La situación actual no está libre de influencias nefastas para estos objetivos que señalamos, cualquier transformación de esta tendencia tendrá que tener en cuenta la necesidad de establecer presiones compensatorias positivas para lograr el equilibrio de la transmisión de valores fundamentales para el ser humano.

Desde esta educación, la acción posterior debe estar guiada igualmente por los principios anteriormente descritos. Unos principios que nos exigirán de nuevo poner en práctica constante la referencia de felicidad que nos proporciona establecer modelos que permitan a otras personas crecer en libertad social positiva, conscientes de la felicidad real que esto les proporciona. Ser feliz es sentirse satisfecho plenamente. Satisfechos de la vida y de las decisiones que nos guían por ella.

La transformación nos exigirá ir poniendo el énfasis en las cosas realmente importantes y retornar a una visión coherente de nuestra evolución humana, en su faceta personal, social, cultural, espiritual, biológica y, sobre todo, tecnológica. Podemos llegar a ser una sociedad que utilice su tecnología para permitir que el ser humano dedique la totalidad de su tiempo al desarrollo de nuestro último estrato evolutivo: la consciencia fundamental de nuestra existencia. Quizá desde ahí  tengamos la posibilidad de crecer en la felicidad de un mundo sin exigencias de horarios, empleo, competencias u ganancias. Un mundo en el que nuestra evolución posterior venga dictada por nuestra capacidad para ser felices y para solucionar los enormes problemas que hemos generado a lo largo de nuestra evolución anterior.

Si somos capaces de rehacer nuestros destrozos, recomponer nuestro interior y corregir el camino equivocado que como grupo social humano hemos dictado, quizá queda una esperanza para que el proyecto del ser humano como vehículo de una consciencia trascendente sea una realidad.


Integración positiva

20110914172349-handtohand.jpg

Que el ser humano está en constante evolución es ya un hecho indiscutible. Las mentes más sabias de nuestro mundo coinciden en afirmar que las nuevas generaciones presentan una adaptación mayor al mundo en el que vienen a aparecer.

Muchas teorías adornan esta afirmación justificando el hecho en sí como el inevitable resultado de un proceso de selección natural, y lógica configuración, del ser humano como elemento adaptativo al medio.

Sin embargo, la selección natural tantas veces aducida por la ciencia como modelo confluyente de cualquier atisbo de coherencia en el sentido de nuestra existencia, hace ya mucho tiempo que dejó de operar en el modelo en el que nos hemos apoyado a lo largo de tantos y tantos siglos de progreso.

La dirección de nuestra evolución estaba antes marcada por necesidades de subsistencia, de perpetuar la especie frente a las inclemencias de una naturaleza no siempre bondadosa con la especie. Necesitábamos dejar de ser cazados para convertirnos en cazadores, dejar de sufrir enfermedades para utilizarlas voluntariamente o involuntariamente como un instrumento de dominio. Era preciso contener el agua, controlar la tierra, manejar los ríos y mareas aplicando medidas de prevención oportunas a los posibles desastres asoladores de nuestras ciudades.

En definitiva, el ser humano tenía que progresar, prosperar en la dirección absoluta del dominio completo sobre el medio en el que su vida iba a desarrollarse.

Esta carrera para situarnos en lo más alto de la cadena evolutiva, en lo más alto de las especies, tenía una finalidad de protección de lo que denominamos humano, de lo que contiene en última esencia la capacidad evolutiva de la conciencia que impregna todo el universo.

Para lograr esta supremacía no era necesario agotar, fundir, acabar con todo aquello que nos mostrase oposición. Este recurso del hombre para, no sólo evitar o prevenir, sino erradicar por completo cualquier posible problema futuro, parece enquistado en nuestra genética.

Llevamos en guerra desde el comienzo de nuestra génesis. Todo ha sido guerra por imponer una idea por encima de todo y de todos. Esta idea de supervivencia estaba vinculada directamente a esa selección natural a la que nos referíamos anteriormente.

Sin embargo, cuando el objetivo de la supervivencia está en muchos modelos sociales más que superado, nos encontramos con que otros intereses, de otro orden, dictan la dirección de esta evolución natural del hombre. Ahora somos personas tecnológicamente evolutivas. Nuestra superioridad se basa desde el comienzo de los tiempos en nuestra capacidad para administrar las ideas capaces de generar tecnología. Desde el cuchillo o la lanza al moderno ordenador, todos los instrumentos capaces de mostrar una utilidad a nuestra funcionalidad social son y serán diseñados y fabricados para que nuestra complejidad en este entorno continúe evolucionando.

Esta tecnología marcó desde el comienzo de los tiempos no solo una diferencia entre el ser humano y las diferentes especies, también creo diferencias entre los propios grupos que luchaban por preservar sus costumbres, tierras y posesiones. Mucho ha tenido que llover hasta que lleguemos a una estructura social legislada y controlada en la que la educación y los derechos humanos comienzan a emerger como brotes reales del siguiente paso que debemos dar.

Nuestra evolución tecnológica ha arrasado literalmente todos los aspectos sutiles de nuestra sociedad transformando e injustificando visiones tan aparentemente anacrónicas como la religión o las humanidades. Hemos evolucionado con un error que continúa perpetuándose en el tiempo, un error fatal que podemos y debemos corregir.

Aceptar la creencia popular sobre la existencia de Dios, entender el sentido de nuestra existencia y sobre todo, si me lo permite Milan Kundera, reconocer nuestra insoportable levedad, no son más que tareas pendientes que la tecnología nos promete resolver. Para llegar a hacerlo establece una exploración a lo más profundo de la materia y otra a lo más lejano del universo, olvidando que ambos extremos están naturalmente blindados a nuestra intervención consciente.

La intención de este artículo no es la de criticar a la tecnología pensando que los tiempos pasados fueron mejores. Esa afirmación no tiene la más mínima base lógica si tiramos particularmente de historia. Sin embargo, al evolucionar hacia la tecnología descartando nuestras etapas evolutivas anteriores caemos en el error de perder las referencias que nos han conformado como lo que somos. Entre estas referencias podemos citar a la guerra por la supervivencia, la mitología que registraba un simbolismo inaprensible o a la religión con su intento de organizar las ideas o iluminaciones de la vanguardia de la experimentación de la conciencia.

El ser humano es realmente un proceso evolutivo de lo más burdo a lo más sutil. Ya no matamos a nuestros opositores, dialogamos y llegamos a acuerdos que nos permiten colaborar desde puntos de vista diferentes para encontrar lo que nos proyecta a un futuro compartido. Nos encontramos en un momento de nuestra historia en el que debemos reflexionar sobre nuestra capacidad real de integrar todos los elementos que nos han traído hasta aquí, y dejar que ellos a su vez se impregnen de lo mucho que tiene que decir a partir de ahora nuestra evolución tecnológica.

Si aplicamos tan sólo las transformaciones que la tecnología pura y dura nos propone nos encontraremos con un panorama en el que realmente vale todo en pos de esta evolución. Comenzaremos a hacer experimentaciones que descarten al individuo como final receptor del producto de la investigación.

El ser humano debe trabajar y evolucionar para ser realmente humano, consciente de su responsabilidad para con el  planeta y las restantes especies que lo pueblan. Consciente de su espiritualidad para no descartar una vida sin un sentido sutil como el que nos proponen las culturas más espirituales.

Sentirnos los hermanos mayores de la tierra exige una madurez que no puede basarse en el dinero, el poder o la posición social. Necesitamos una madurez real que nos permita, como sociedad, reenfocar el objetivo de nuestro esfuerzo vital, cuidando realmente de nuestros ancianos sin perjuicio de prolongar la vida y su calidad tanto como nuestra tecnología nos lo permita. Una sociedad consciente de la importancia de una educación abierta y analizada constantemente sin fines dogmáticos sino la esperanza de un pensamiento libre y equilibrado. Es ahora más que nunca cuando debemos transmitir los valores que hacen que no seamos simples bestias que se levantaron del barro para arrasar todo lo que tienen a su alrededor, incluyendo estos extremos los límites del universo y las recónditas oscuridades de la materia.

No podemos dejar que el ritmo que esta tecnología imprime a nuestra sociedad altere el ritmo natural al que debe avanzar nuestra transformación natural y nuestros valores humanos y trascendentes. La tecnología no es el fin, es un medio que debe ayudarnos a posicionar nuestra conciencia en lo más alto de su potencial. Para ello debemos ir progresivamente volcando el esfuerzo físico laboral en máquinas que nos permitan dedicarnos al cultivo de la vida, al desarrollo del amor y la voluntad espiritual de trascender sin descartar nada de lo que somos ni nada de lo que fuimos, de todo ello dependerá en definitiva lo que seremos.


Ayudemos a Toñi

Algunos conoceréis a Toñi, otros no… Es una chica de 38 años de la escuela de Shaolín de San Pedro de Alcántara, practicante de Taijiquan, que desde hace 12 años está en diálisis por una enfermedad denominada Lupus Eritematoso Sistémico (LES). Es una persona luchadora, defensora a ultranza de los animales, amable en todos los sentidos, que destila amor por todos sus poros e intenta ayudar siempre a todo el necesitado.

 La hemodiálisis la ha mantenido siempre dependiente de una máquina, con lo que su calidad de vida es bastante deficitaria, pero aun así ha seguido adelante, luchando día a día contra esa situación.

Pero ahora es ella la que necesita ayuda urgente. Su enfermedad se ha agravado y la única solución es un trasplante de riñón; trasplante que lleva esperando ya 12 años y no llega. El tiempo se agota y la única solución factible por ahora es la donación o trasplante de un riñón de una persona viva.

De ahí que queramos difundir su caso, para ver si entre todos lo hacemos llegar a cuantas más personas mejor y surge alguien que sea solidario en este extremo y pueda y quiera donarle un riñón.

Lo avanzado de la medicina de trasplantes hoy en día hace que esta solución no sea un problema para el donante y si le salve la vida al trasplantado. Basta que sea una persona sana y adulta.

Cualquier información adicional que necesites, no dudes en dirigirte a Pedro Estevez, o al coordinador de trasplantes del Hospital Carlos Haya de Málaga, donde recibirás toda la información necesaria para este proceso.

Seamos solidarios y ayudemos a difundir este mensaje.


Belleza y estética en el Taijiquan

20110806153146-beautty.jpg

El detalle de la estética suele pasar desapercibido en el análisis de cualquier sistema marcial cuando nos dedicamos a valorar su efectividad. Pensamos, y no sin cierta lógica, que el componente estético tiene aparentemente poco que ver con la efectividad del arte en su aplicabilidad marcial o en el desarrollo de una estructura corporal para la lucha.

Nuestra sociedad no sólo es la sociedad de la imagen, es la sociedad de la imagen bella y, sobre todo, es la sociedad de la imagen bella por encima de cualquier vínculo con la realidad del objeto, ser o suceso representado. La estética nos atrae y todo aquello carente de ella parece tener que  argumentar sobremanera el sentido de su propia existencia o de cualquier interés en su dirección.

 Sin entrar en valoraciones peyorativas de nuestro contexto social, esta afirmación resulta muy remarcable en lo que a este artículo interesa. Época y elemento no deberían dividirse cuando queremos analizar el fenómeno que afecta a dicho elemento, puesto que los fenómenos y sus observaciones se corresponden a un momento en el tiempo y a unas condiciones específicas de influencia.

Cuando hablamos del Wushu deportivo, lo primero que se nos viene a la cabeza son acrobacias de gran espectacularidad, gestos impactantes y vestuarios que podrían competir con el habitual atrezo propio de grandes espectáculos como el cine o el teatro. Muchos elementos se han afincado con carácter propio en esta modalidad ya que el valor deportivo que se le ha decidido otorgar a la configuración estética del ejercicio tiene un peso específico en la valoración global que decanta el medallero. Esta relación del arte marcial con la estética como característica es incuestionable y, en gran medida, proporciona al arte interesantes líneas de difusión y atracción del público aficionado.

Con todo, los estilos tradicionales, a lo largo de su historia, no sólo evolucionaron en términos de efectividad. Su propia estética avanzó en la medida que la ejecución de sus rutinas traspasaba el velo sutil que divide lo artesanal de lo artístico, algo que afecta profundamente al individuo que representa el arte en cuestión.

Para los amantes de las artes marciales es difícil descartar la belleza implícita en cualquier estilo tradicional reconocido. Resulta difícil comprender qué necesidad de adornos tendría el ya de por sí hermoso desarrollo de una forma de  Kung Fu llena de expresividad y de armonía en su ejecución. Para el neófito,  es posible que esta hermosura quede solapada por la ausencia de elementos de virtuosismo acrobático que, en muchos casos, no tienen nada que ver con la realidad del combate ni con el arte marcial que lo integra.

Este debate, tan mantenido en el tiempo, resulta injusto porque enfrenta dos afirmaciones de partida equivocadas: por un lado sentencia que los sistemas marciales más estéticos son los menos efectivos, por otro, que a los menos estéticos se les supone una mayor operatividad para el combate. Igualmente, en ambos casos queda al margen por completo un factor imprescindible de incluir en la ecuación final: «el artista».

No hablamos de rudimentos marciales, no tratamos de referirnos a nuestras artes como procedimientos para el combate o utilidades marciales, nos referimos a ellas como artes y el arte y la belleza son sinónimos en contexto y definición.

Nos referimos al arte y estamos hablando de representación. Representamos en imágenes, en palabras, en formas, en movimientos, todo aquello que llega a nuestro escenario interior para darle salida impregnado de nuestra propia visión particular.

El artista actúa como un representador catalítico de la realidad a través del compendio de experiencias que lo configuran como Ser. Aborda la labor creativa en un proceso de representación en el que todo su cuerpo debe ejecutar esa representación particular que su mente ha dibujado, lo hace con los elementos que la experiencia vital y su propia intención le facilitan. Para ello, cuerpo, mente y espíritu deben funcionar en una misma frecuencia de producción y percepción que alinee sus intenciones más profundas y con el orden que el estilo al que se ciñe le dicta.

El arte no puede desmarcarse de la belleza porque lo uno y lo otro son polos de un mismo proceso de nomenclatura y realidad. No hay arte real sin la belleza implícita en lo creado desde el alma, y no hay belleza sin la intervención del alma profunda del ser en la producción o en la observación de lo producido.

Tras cada movimiento existe una historia compleja que implica lo más profundo del artista en su ejecución. Su intervención personal en un ejercicio definido hace cientos de años le exige una responsabilidad de justicia respecto a lo representado. No sólo se ejecuta una técnica, se reedita en un contexto y generación muy diferentes a través de un espíritu distinto al del creador. El artista intenta llegar a conocer ese espíritu a través del movimiento, de la observación en la evolución de su capacidad interpretativa, del registro de sensaciones y experiencias, así como las modificaciones que va aplicando a medida que su entendimiento sobre el arte crece.

Cada forma, cada técnica, cada momento del entrenamiento dedicado a esta aproximación es un momento casi sagrado en el que espíritus del pasado y del presente intentan tocarse y comunicarse por medio de un gesto, una respiración, un estado del alma en sincronicidad con todo lo que la ha llevado a ese momento.

La estética real de las artes marciales fluye por canales internos que no siempre son apreciables desde fuera pero su destello, su sutil emanación, puede percibirse por nuestra propia empatía con el estado espiritual del artista. En las artes marciales la experiencia es el único factor real al que podemos aferrarnos para ver, oír y palpar elementos que escapan a nuestros cinco sentidos. No podemos quedarnos en las gradas y opinar con la cabeza llena de ideas que nos impiden cualquier comunicación profunda con el arte que percibimos. Estamos ante algo vivo, algo que fluye en el tiempo y en el espacio y que no se detiene para ser analizado. En el momento en que lo hacemos desvirtuamos el continuo espacio tiempo que le afecta y que genera en nosotros cualquier capacidad de experimentar la verdadera realidad del arte, una realidad ligada indiscutiblemente a la estética.  El factor estético es un vínculo comunicativo de la obra. Sin la atracción de la belleza, la singularidad de lo observado corre el riesgo de difuminarse en el instante repleto de estímulos que lo rodea.

Cuando ejecutamos un movimiento de Taijiquan, por ejemplo, en el interior de nuestra estructura están funcionando todas nuestras células en un mismo orden, con gran precisión y con una intención demarcada por las propuestas del sistema y de nuestra propia capacidad para interpretarlo. Estamos ante una composición dinámica en la que las notas musicales son versos de nuestros desplazamientos enlazados entre las rimas que afectan a nuestra respiración y nuestro pulso. Escribimos en el movimiento versos dinámicos en los que los hombros armonizan con las caderas, los codos  con las rodillas y las muñecas con los tobillos. En esa composición observamos el reflejo y eco de las comunicaciones armónicas entre esas partes del cuerpo. Nuestro ser es testigo de esa interacción llena de inercias y de impulsos que nos llevan y nos traen a un entorno espiral de nuestra propia intención. Nuestra genética y nuestro movimiento se unen en un baile circular ascendente en el que los códigos que nos definen son, en ese instante, tan sutiles como nuestro aliento o la ausencia de pensamiento que caracteriza la vacuidad del movimiento. Esta acción no tiene reproducción exacta posible, es personal, intransferible en términos técnicos. El volumen de información que se está manejando y la forma en la que estas conexiones se producen sólo pueden tener una vía inicial de comprensión para el que lo observa.

Lo bello que puede resultarnos, lo que nos atrae a la observación, radica en su similitud representativa de las fuerzas de la naturaleza, las que nos mueven, nos crean y nos destruyen. Esta estética en el movimiento ocurre gracias a un enorme proceso de evolución interior que demanda de nosotros un desprendimiento de los lastres formados interiormente. Para fluir como el mar, elevarnos como el fuego, ser sólidos como rocas o sutiles como el viento, necesitamos encontrar esas esencias en nuestras bases arquetípicas más profundas. Su morada no es otra que la belleza vinculada directamente a lo que llamamos inspiración. Quizá la belleza como tal no es más que un estado del alma que se activa cuando una parte de nosotros comprende lo que ve como parte de lo que esencialmente somos.




Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next