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Miedo, sociedad y práctica marcial

Miedo, sociedad y práctica marcial

Reflexionando sobre la realidad actual de las artes marciales, y a colación de un comentario que me hizo un buen amigo la semana pasada, me planteo preocupado las motivaciones que están movilizando hoy en día al practicante habitual de artes marciales de cualquier estilo.

Un simple vistazo a las explicaciones que nos dan algunos futuros alumnos al aproximarse a la escuela interesados por el Kung Fu o por los sistemas de autodefensa, nos revelan algunos aspectos que se están manifestando de forma creciente año tras año.

Alejándonos del alarmismo al que se prestan este tipo de reflexiones y, sobre todo, aplicando el positivismo que cualquier entidad problemática debería exigir en su debate, la eterna tendencia a simplificar e identificar la causa única que nos lleva a una situación determinada nos apunta a un responsable de mil caras: el miedo.

¿Por qué tenemos tanto miedo? No enumeraré la lista de evidencias que nos sitúan en el plano del miedo solapado. No un terror como el de una guerra o el pánico previo a un desastre natural desproporcionado; hablo de un miedo infiltrado, casi imperceptible. Un miedo fijado en pequeños mensajes que hacen, poco a poco, mella en nuestra visión global de la vida y van configurando las contramedidas que deberíamos establecer para hacer frente a esos sutiles riesgos.

Las artes marciales siempre han sido identificadas como un mecanismo de fuerza, de poder ante la desigualdad, de recursos para vencer los límites que, enmarcados en injustos valores, amenazan la individualidad y libertad del individuo.

El problema no es esencialmente tan directo. Este miedo al que me refiero es consustancial a nuestra dificultad para el autoanálisis. Está ligado a una cultura de la seguridad y a un auge inmediato y creciente de los aspectos que individualizan la entidad humana convirtiéndonos lentamente en procesos temerosos de perder, pero ¿perder qué?

La idea de pérdida es el reverso de la moneda de la posesión. Sólo podemos perder lo que poseemos, aunque eso que supuestamente poseemos, no sea más que una ilusión temporal.

El enfoque de prepararse para afrontar los terribles posibles acontecimientos de la vida, es una de las causas directas que llevan al practicante no iniciado a presentarse ante una escuela de artes marciales, en la intuición profunda de que debe hacer algo para subsanar esta situación de temor.

Quizá el miedo actúa en este caso empujando al individuo a una posible solución, aunque la interpretación psicológica de las causas y objetivos del entrenamiento, así como las referencias que le informan sobre el contenido real de la práctica marcial estén completamente falseadas.

Llegamos a la práctica desde el miedo, desde muchas variantes en intensidad y tipos específicos de miedo. Y, llegados desde el miedo desconocido, no localizado realmente, planteamos un orden de expectativas y acontecimientos derivados que deberían desembocar en unos objetivos a corto, medio e iluso plazo. La realidad de la práctica nos pone rápidamente en antecedentes de nuestra profunda equivocación.

Pensamos que, al iniciar el entrenamiento, con unas técnicas secretas bien aprendidas, podremos enfrentarnos a ese individuo que nos asusta en el trabajo, a ese competidor que pretende llevarse a nuestra novia, a esos maleantes que ya han asaltado tantas casas de nuestra urbanización. También pensamos que podremos sorprender y deslumbrar al público de nuestra película personal cuando seamos capaces de reducir, de un solo golpe, a todos aquellos que se enfrenten a nosotros o que comentan una injusticia que nos enmarque definitivamente como los dignos sucesores de personajes de película. No podemos dejar de mencionar la ilusión de sentirnos realmente guerreros capaces de enfrentarnos a los más difíciles contrincantes para alcanzar la gloria que nos pertenece realmente por derecho de nacimiento.

Todas estas referencias cinematográficas que inundan nuestro pensamiento desde que vamos por primera vez al cine o desde que encendemos la televisión para dejarle hacer su trabajo de inducción constante y perseverante, son realmente las referencias que nos aconsejan el acceso a este nuevo contexto marcial plagado de futuras glorias.

Detrás de todo esto también se esconde una necesidad de reconocimiento social, reminiscencias infantiles de la necesidad de llamar la atención para aportar a nuestro ego definido valores añadidos, valores que nos coloquen por encima de los demás seres en el escalafón social que pretendemos.

Realmente estamos hablando de miedo. Tememos ser irrelevantes en el mundo. No aceptamos la insignificancia del ser humano con respecto a la creación y pensamos que aquello que nos haga resaltar, realmente nos proporciona el crecimiento que intuimos necesario.

Sin embargo, cuando comenzamos a practicar un arte marcial, en un contexto profundo, la primera propuesta es sentarse en silencio y escuchar interiormente los movimientos reales que nos afectan. ¿Cómo? ¿Qué hago yo sentado en silencio en vez de estar lanzando a gente por los aires o musculando mi cuerpo hasta el límite de la curva mientras el sudor nubla mi mirada?

No, la invitación principal es a entrar, entrar en la escuela y, por supuesto, entrar al interior real de nosotros para comprender qué motiva realmente nuestra necesidad de seguridad. En qué fragmento de nosotros debemos ubicar nuestras expectativas y objetivos con nuestro espíritu como único testigo de los cambios que se van a producir.

Renunciamos a la expresión externa. Volvemos la mirada hacia el interior para comprender nuestros límites reales de acción. Entendemos que la esencia del problema es identificarnos, a través de nuestro falso yo, con el mismo problema del que pretendemos escapar. Queremos sentirnos seguros, queremos ser felices y aceptados, queremos una vida tranquila pero excitante y plena a la vez.

Estas demandas son normales y lógicas. El hombre es una partícula divina deteriorada por su propio miedo a autodescubrir su inherente divinidad. Somos parte de una creación maravillosa que se plantea a si misma ser o no ser. El universo entero se materializa en forma de consciencia en nuestro sistema nervioso, fluye en nuestra sangre, se endurece en nuestros huesos y ama en nuestra sonrisa.

No hay batallas que ganar ni torneos en los que demostrarle nada a nadie. Hay una gran guerra interior por entender y aceptar algo que cada vez se convierte en más complejo y espeso. El contexto social que tantos egos han acabado definiendo resulta un espacio de difícil habitabilidad. Las normas, las leyes, el enfoque en general se puede mejorar sólo si cada uno de nosotros es capaz de descubrir su real sentido.

Cuando entrenamos, el proceso del entrenamiento es un camino en el que nos encontramos con todo esto. Accedemos a conocer nuestros límites físicos y caemos de la irrealidad de nuestra posibilidad de vencer a decenas de asaltantes o de levitar en profunda meditación. Con los pies bien posicionados en el suelo, la práctica marcial nos enseña a enraizar con la tierra, nos muestra la maravillosa esencia creativa del ser humano y la posibilidad de realizar la vida con delicada belleza y profundo respeto por lo existente. El compañerismo, los valores y el código moral que existen dentro de una sala de artes marciales contrastan mucho con los intereses económicos de las organizaciones que deciden qué se puede y qué no se puede hacer.

En el entrenamiento, el individuo es libre de decidir hasta qué profundidad de si mismo quiere acceder. Se enfrenta a la solitaria realidad compartida desprovista de más lazos que nuestras propias decisiones. Somos lo que decidimos ser y con las artes marciales aprendemos a manifestarnos y a disponer de los mecanismos que actualizan, regulan y potencian nuestra energía para hacerlo.

La asociación realmente es un recurso más de las personas para mejorar sus condiciones de vida, pero no a costa de la individualidad y singularidad profunda de cada manifestación humana. El individuo es personal, único, exclusivo. Cada vida es un milagro y la inversión de tiempo que hacemos en aprender, desarrollar, interiorizar y ejecutar correctamente técnicas marciales es una forma de disponer de un mecanismo interior que nos arrebata el miedo de cualquier tipo porque la mayor parte de nuestras inseguridades vienen de nuestra creencia de no poder superar las trabas que nos pone la vida por delante.

La valentía que nos plantean las filosofías impregnadas en cada estilo marcial es la de la definición y decisión de nuestra realidad individual y la aceptación, tanto de esta realidad como del lugar que ocupa en el contexto en el que se expresa. Es abrir la puerta al trabajo interior pendiente por muy duro que parezca. Es tener claro dónde está nuestro espacio real y hasta donde podemos permitir que la sociedad y todas las personas que la constituyen dirijan nuestra existencia.

Trascender exige pérdidas

Trascender exige pérdidas

Trascender exige pérdidas. Pérdidas de hábitos que han subsistido desde mucho antes de nuestra existencia.

Estos hábitos, en la inmundicia social actual, se contaminan aún más, como si se tratase de la trascendencia de lo oscuro a través de un contexto más amplio aún que el propio individuo.

Somos luz y oscuridad y, en ambos casos luchamos contra lo uno y nos atrae lo otro. Siempre luchamos. El sabor de la derrota o la victoria nos marca, nos condiciona y el rencor nace y se asienta en nosotros coloreando todo lo que tocamos.

Como títeres descabezados bailamos al son de los ritmos que nuestras nefastas creaciones, en su afán por existir, van propiciando en un mundo que ya no es nuestro. Es de un ser mucho mayor, casi compuesto de nosotros.

Ahora más que nunca necesitamos olvidar. La conciencia asciende, la impronta de las acciones de nuestro yo pasado, aquel que nunca existe, sigue marcando el paso.

Olvidamos que fuimos tristes, holgazanes, rencorosos, malvados, iracundos, profanos, desleales, inmorales, descorteses, traidores, egoístas, injustos, temerosos, osados.

Olvidamos todo ello para forjar nuevos caminos, nuevas perspectivas y dejar libre al bien que habita en nuestro interior para que abone el campo de nuestras maltrechas almas.

Tanto conjunto, tanto grupo, tanto espacio poblado de vagabundos del alma que esparcen los estupros de sus corazones sin trabajar ni pulir, contaminando todo lo que encuentran a su paso.

Nosotros avanzamos, olvidamos, esperanzados buscamos el bien sin dejar que sus lepras respiradas nos intoxiquen el aire de nuestro espacio, uno que no es nuestro porque somos ilusiones, pero bellas.

Damos luz apagando nuestra oscuridad con el olvido. Damos la alegría de dios al mundo, olvidando que fuimos demonios sin olvidar que lo fuimos.

Serenos, buscamos el camino de la bondad, la dulzura, la calma, el amor, la lealtad, la justicia, la alegría, la voluntad, el tesón, el sentido.

Recordamos estos espacios en la tendencia que nos guía hacia algo divino que abarca nuestras dos polaridades, una acabará con nosotros, la otra también. Una nos llevará hacia lo oscuro, la otra también. Una nos pondrá frente a nosotros mismos al igual que la otra. Una vencerá sobre la otra y sólo quedará el principio que estamos destinados a ser, aquel para el que la creación se contuvo en nosotros y se expandió en nuestro interior empujando en una dirección, en un sentido que no comprendemos.

El universo entero opera a través de nuestra capacidad de olvidar para trascender recordando, qué ironía.

Confucio. Mucho más que un sabio.

Confucio. Mucho más que un sabio.

La milenaria cultura china nos ha proporcionado miles de regalos culturales que nos han llegado de la mano de misioneros, investigadores, comerciantes y soldados entre otros.

La deuda cultural que occidente tiene con esta magnifica civilización no tiene parangón.

Sin embargo, el impacto que nuestra cultura occidental ha tenido sobre este extremo oriental no ha sido tan constructivo como correspondería a lo recibido, por lo menos hasta ahora.

En la actualidad, China se va abriendo paso desde los límites de una política inicialmente restrictiva a una economía abierta de mercado en la que, esta vez sí, las influencias culturales de ambos bloques se han interrelacionado creando, a través de las relaciones comerciales y económicas, un diálogo cultural de primer orden.

De china nos han llegado las artes marciales y de china nos ha llegado una filosofía que muestra importantes paralelismos con las construcciones filosóficas de nuestros filósofos antepasados.

El lugar que entre esos filósofos ocupa Confucio en el seno de todas las etapas históricas de la china que conocemos es inmenso, tan inmenso como la rectitud y escalas a las que apuntaban sus ideas.

Confucio[1] o Kung Tse,  pertenece a una época muy conflictiva de la civilización china. Nació en el año 551 a.C. en el periodo histórico denominado «Periodo de Primavera y Otoño» (770-476 a.C.).

La situación económica, política y social de la época definió en su momento con una importancia ineludible las características con las que este gran sabio construyó el corpus de sus reflexiones filosóficas. Desde las Analectas al Meng Tse, todo su pensamiento queda registrado en los denominados 4 libros clásicos. De estos libros: Tai Ho (Ciencia superior), Chung Yung (Doctrina del equilibrio), Lun Yu (Analectas) y Meng Tse (Libro de Mencio) hay que destacar el que recoge el eje de su filosofía, el Lun Yu, en el que quedan registrados diálogos entre el maestro y sus discípulos en un interesante juego de cuestiones y situaciones que nos colocan de frente en el camino que el ser humano debería seguir en su juego social para mantenerse en el equilibrio que le corresponde al ser humano que aspira al crecimiento interior.

Ampliamente criticado por los taoístas que no llegaron a comprender bien la realidad a la que Confucio se ceñía, a veces fue víctima de las más absurdas incomprensiones y de la idealización más burda del conjunto sutil que conforma toda su filosofía.

Confucio fue ante todo uno de los más grandes sabios chinos de todos los tiempos.

Sus ideas pasaban por entender que lo que al hombre le concierne no debería ir más allá de lo que sus innatas capacidades le han concedido. Adentrarse en los territorios de la metafísica generaba en el individuo una necesidad de renuncia que no se correspondía con la realidad de las intenciones del ser humano, que depende y existe gracias a su capacidad para la socialización, para la relación con otros seres humanos con los que comparte y lucha.

Su visión de la política resulta en extremo idealizada. Parte de una premisa fundamental para la elaboración de sus teorías, la calidad humana y la capacidad del ser humano para la bondad y la elevación.

Lejos de apoyar los elementos anárquicos que surgían en otras escuelas de pensamiento igualmente afectadas por la situación política de la época, Confucio mantuvo durante toda su vida, pese al escaso reconocimiento de sus contemporáneos, la esperanza en crear un estado equilibrado gobernado por individuos capaces, leales y justos que impartiesen modelos de convivencia pacífica y organizada respetando los ritos y las costumbres como ejes fundamentales de la armonía social a la que todo su pensamiento aspiraba.



[1] Confucio resulta ser la latinización de Kongzî , cuyo significado se aproxima al de «Maestro Kong». En algunos textos antiguos aparece como Zhòng Ní. Se le reconoce el  nombre oficial de Qiu.

Una película: Deseo, peligro

DIRECTOR: ANG LEE

 ¿Hasta dónde deben llegar las personas para saciar sus ideales? Esta podría ser la cuestión que plantearse antes de ver este largometraje. Ang Lee nos tiene acostumbrados a hilar muy fino en su acercamiento a historias truculentas y complicadas que nos hacen disfrutar de una puesta en escena exquisita y unas historias conmovedoras desde su planteamiento tranquilo pero intenso (como prueba en Deseo, peligro la explicitud de las escenas eróticas).

Tanto en Brokeback Mountain como en otros films anteriores, por ejemplo la excelente La Tormenta de Hielo, este director de origen taiwanés nos enfrenta de lleno a historias conmovedoras que plasman comportamientos del ser humano, historias que nos hacen mirarnos a nosotros mismos en busca de la verdad que en muchas ocasiones nunca sale al exterior.

En la China de los años 40 invadida por Japón, Wong Chia Chi (interpretada por Wei Tang) pasa de ser una inquieta y discreta estudiante, a formar parte de una trama de rebeldía junto a sus compañeros de universidad. Para lograr sus objetivos, debe acercarse al traidor aliado con los japoneses, Mr. Yee (Tony Leung), un personaje severo, duro y, aparentemente, imperturbable. Lo que nunca supo la joven protagonista de esta historia es que su corazón podía verse turbado por sus propias ansias de obtención de los ideales que le inculcaron sus colegas de la resistencia china. De ahí nuestra pregunta inicial.

Cuando uno persigue un ideal, ¿qué debe dejar en el camino como tributo a la consecución de sus objetivos? ¿Debemos sacrificar el alma? ¿No resulta brutalmente dañino tratar de implantar un pensamiento sobre el de otros seres humanos? ¿Acaso, a lo largo de la historia, no ha sido el hombre capaz de imponer injustamente sus intereses personales sobre otros, incluso haciéndoles prescindir del derecho a la vida?

Todas estas cuestiones son las que nos plantea la ganadora del León de Oro del Festival de Venecia de 2007. Juzguen y júzguense...

Recomendación y texto de Juan Antonio Hervás

Crítico cinematográfico

Pensamiento de noviembre

 «Pon tu mano en una estufa caliente durante un minuto y te parecerá una hora, siéntate junto a una chica bonita durante una hora y te parecerá un minuto, eso es la relatividad.» 

Albert Einstein (Alemania, 1879-1955)

 

Bienvenido

Este es el blog del Centro Kan Li, escuela de artes marciales chinas y cultura oriental. En él mostramos en un nuevo formato lo que hasta la presente fecha ha sido el boletín de novedades que cada dos meses veníamos enviando a nuestros asociados. En él presentamos artículos sobre los temas que nos interesan: cine, literatura, filosofía, reflexiones, historia, artes marciales, vida natural, crecimiento humano, etc.

En su confección colaboran numerosas personas de nuestro centro y lo actualizaremos periódicamente con nuevos contenidos.

Esperamos que os guste.

Un comienzo

Llevaba ya algún tiempo con dolores de espalda y de cuello, el maldito trabajo en la oficina. Probé, creo, todos los masajistas de las páginas amarillas y siempre salía estupendamente de las consultas pero, claro, al día siguiente retomaba mis nefastos hábitos laborales y en dos días, volvía a ser la alcayata de siempre.

            Tras muchas reprimendas por parte de médicos, amigos fisioterapeutas y algún que otro listillo que se apuntaba al carro de dar lecciones vitales, me planteé realizar algún ejercicio continuado que me permitiera ir corrigiendo mis malas posturas. Y ahí empezó la odisea... Estaba muy resuelta a emprender el camino hacia el bienestar, reuní todas las fuerzas que hallé en mí y algunas que recogí por ahí. Estaba decidido: el próximo lunes comenzaría una nueva vida. Por fin, a mis treinti... algos iba a ponerle remedio a mis perennes dolores de espalda.         

            ¿He dicho «solita»? Bueno, quizás, me dejé llevar un poco por el ímpetu del momento. Lo primero que hice fue llamar uno por uno a mis amigos para intentar convencer a alguno de que me acompañara al gimnasio el lunes. Estaba a jueves así que no tenía mucho tiempo. Debo confesar que negativa tras negativa, en lugar de venirme abajo, me iba creciendo en dar argumentos y explicar las ventajas de iniciar una actividad física dentro de este ritmo plagado de estrés, sedentarismo y actividad básicamente mental. Estuve toda la tarde enganchada al teléfono y cuando llegó la noche, era más sabia (me había enterado de todos los cotilleos de mi círculo y del de más allá), era más consciente de la realidad (comprobé que muy poca gente de mi entorno se plantea modificar su vida y adoptar hábitos más saludables) y estaba súper convencidísima de lo que iba a hacer (tantos argumentos había dado ya por teléfono que me persuadí por completo de lo necesario que era aplicarle un poco de equilibrio a mi existencia).

            Ahora me quedaba decidir en qué centro iniciaría ese cambio y cuál era la actividad que mejor se ajustaba a mi estado de ánimo actual. Bajé a la calle y en diez minutos ya no me cabía más publicidad en las manos. ¿Quién necesita Internet cuando existen los molestos papelitos en el limpiaparabrisas? Ofertas de todo tipo, actividades para todos los niveles y gustos. Pasé por la puerta de algunos de los gimnasios anunciados pero... algo me decía que aquello no era exactamente lo que buscaba. Eso sí, me bajó un poco el entusiasmo, empecé a pensar en que había idealizado el momento y que ahora no era capaz de ubicar mis expectativas (esas que no hay que tener...lo sé) en algún centro que, a su vez, equilibrara el mío.

            El lunes, mientras caminaba hacia el coche para ir al trabajo, me apoyé un momento en un escalón para atarme los cordones y allí estaba: una puerta minúscula con un discreto cartel que rezaba «Escuela de tai chi». Había oído hablar antes del tai chi, lo había visto en los anuncios de leche de soja y me sonaba equilibrado (no sé por qué) así que interpreté esa parada en mi camino como una señal y decidí acudir por la tarde a probar una clase.

            El centro era pequeño pero muy acogedor y olía increíblemente bien. Me quité los zapatos, caminé hacia el vestuario y mientras esperaba a que llegaran los demás alumnos de la clase, empecé a ojear los folletos de la puerta. ¿Qué? ¿Cómo? ¡¡Que el tai chi es un arte marcial!! Menuda tomadura de pelo esos anuncios de leche de soja, ¡si parece que no los altera ni el aire!

            De repente, vinieron a mi mente los recuerdos de los cardenales provocados por las patadas que me daba mi hermano cuando «practicaba» Taekwondo en casa. Tenía la mirada fija en la puerta... ¿Cómo salgo de aquí? Menuda intuición, una señal, una señal... ¡Esto sí que era estrés! Sin quererlo, había logrado unificar todo mi ser en una única dirección, recoger los zapatos y salir sin que nadie me vea. Determinación, Luna, determinación. Imposible. En ese mismo instante el profesor me «capturó» y me llevó hacia la sala. Estaba ante mi primera clase de tai chi.

            Espero que no duela mucho, es lo último que pensé antes de entrar.

 

Continuará... Mi primera clase de tai chi CHUAN 

Taoísmo y budismo

Taoísmo y budismo se confunden en China entre los misterios de religiones que no son tal, o al menos eso parece.

En nuestras investigaciones sobre los orígenes de estas dos corrientes filosóficas en el país de las artes marciales, la vinculación directa de éstas con la religión ha sido ocasional e interesada. Los gobernantes, no carentes de la perspicacia de la que hacen gala aquellos que viven de la servidumbre de otros, supieron desde tiempos inmemoriales que la religión era un sistema perfecto para inducir a la gran masa en la dirección más conveniente a los intereses particulares del gobierno. Para ello no paró de enaltecer las virtudes de lo religioso y, en una clara alternancia histórica de poderes, apoyar a unos y a otros según el contexto y los intereses para que, como fuentes de paz para los súbditos, cumpliesen su función de la mejor forma posible.

Con esta prerrogativa tanto el budismo como el taoísmo evolucionaron en su liturgia y en sus dominios alejándose ocasionalmente de sus fuentes iniciales para constituirse en comunidades relacionadas con la toma de poderes y con influencias directas sobre los gobernantes.

Historiadores y sinólogos como Henri Maspero coinciden en afirmar que no sabemos nada de cómo se introdujo el budismo en China. Existen mitos y leyendas sobre personajes concretos y situaciones muy detalladas para certificar este hecho, pero la cruda y científica realidad es que no lo sabemos. No obstante, su evolución y el desarrollo de sus diferentes corrientes si puede rastrearse a partir de los documentos encontrados en numerosas investigaciones arqueológicas. Todos ellos hablan de una transmisión muy acertada en origen de los principios fundamentales de esta filosofía de carácter aparentemente religioso.

El primer texto traducido al chino que recoge las enseñanzas budistas es el Sutra de 42 secciones, que parece ser una especie de pequeño catecismos introductorio en el que se revelan las enseñanzas de base del budismo original. A partir de dicho texto son numerosas las obras que ahondan en su estudio. 

Durante la dinastía Han, el taoísmo y el budismo se confunden y aparecen como una única religión. El primer protector reconocido del budismo, el rey de Chu, era un taoísta.  A partir de este mismo origen se suceden constantemente los casos de ambigüedad histórico religiosa registrados tanto en los textos budistas como en las alusiones que a ellos se hacen en la historia de este país. Taoísmo y budismo comparten en esencia un mismo camino místico en el que la búsqueda del Tao es comparable a la necesidad de conectar con el ser indiferenciado, y el éxtasis místico alcanzado a través de procesos alquímicos en los que la meditación juega el importante papel de acallar el motivo de todos los sufrimientos del ser humano, lo que le substrae de la realidad consciente de la que su propio razonamiento le aparta, era comparable a la experiencia nirvánica de la que nos hablan también los textos budistas.

El taoísmo y el budismo daban un papel relevante a la necesidad de realizar un control respiratorio como principio desde el que partir hacia el viaje de revelaciones en el que, el adepto, se adentra cuando comienza el estudio de estos dos caminos. Las diferencias aparecen en el momento en el que las interpretaciones racionales establecen diferentes formas de entender esta búsqueda. Los budistas por ejemplo hacen hincapié en respiraciones profundas y largas, sin retención del aliento como medio para calmar la mente, fortalecer la concentración y disponer de la fuerza suficiente para evitar las divagaciones de la mente. Los taoístas por su parte hacían hincapié en la contención del aire de forma progresiva hasta alcanzar cotas de contención verdaderamente elevadas.

De hecho, el término para traducir Nirvana es Wu Wei, termino utilizado para definir el camino de no intervención que el taoísmo predica.

Tanto las escuelas budistas como taoístas desarrollaron órdenes monacales, estructuras jerárquicas dentro de esas órdenes y otros muchos elementos que desvirtuaron el mensaje original de Buda o Lao Tse. Quizá por eso, en muchas montañas de China, siguen autoexiliándose aquellos que pretenden mantenerse limpios de los calificativos de budismo o taoísmo y practican el sendero de la búsqueda del sentido a través del desapego y la vida natural que el misticismo refleja en todas sus corrientes.

Budismo y taoísmo son manifestaciones de un interés común por comprender y por conectar con algo que va más allá de nuestra comprensión racional. Quizá en China, este fue el verdadero motivo de que ambas corrientes acabasen influyendo tanto en el desarrollo de los estilos tradicionales de Kung Fu.